IV Domingo del Tiempo Ordinario

IV Domingo del Tiempo Ordinario

Mar, 26 Gen 21 Lectio Divina - Anno B

Jesús comienza a enseñar con autoridad profética propia, no como los letrados, que siempre se referían a maestros anteriores; esta autoridad viene ratificada por su poder personal sobre el demonio. Ya Moisés había anunciado la llegada de un Profeta de su misma categoría, pero también la duda sobre la autenticidad del carisma de Jesús podría atraerle, como ocurrió, la muerte prescrita para los falsos profetas.
La provisionalidad del tiempo presente lleva a San Pablo a recomendar el celibato, a ejemplo suyo y de Cristo, par poder servir al Señor con un corazón indiviso, por amor al reino de los cielos.

Oración al Espíritu Santo

¡Oh Verbo! ¡Oh Cristo! ¡Qué bello y que grande eres!
¡Quien acertara a conocerte! ¡Quien pudiera comprenderte!
Haz, oh Cristo, que yo te conozca y te ame.
Tú, que eres la Luz, manda un rayo de esa divina luz sobre mi pobre alma,
Para que yo pueda verte y comprenderte.
Dame una fe tan grande, que todas tus palabras sean luces que me iluminen,
Me atraigan hacia ti y me hagan seguirte en todo.
Maestro, habla, que quiero escucharte
Y poner en práctica tu Palabra.
Quiero escuchar tu divina Palabra, que sé que viene del cielo. Quiero escucharla,
La Autoridad Liberadora de Jesús.

 ¿Qué dice el texto?
Te invito a tomar la Biblia en tus manos y leer detenidamente el texto que nos presenta la liturgia para este domingo. Es importante propiciar un ambiente de calma y serenidad que permita interiorizar y saborear este bello pasaje bíblico.
Algunas preguntas que te ayudan a profundizar el texto:
¿Dónde ocurre el milagro que se narra?
¿Cuál es la característica principal de la enseñanza de Jesús?
¿Qué acciones hace el espíritu inmundo en el hombre del relato?
¿Qué orden da Jesús al espíritu inmundo?
¿Qué maravilla a la gente después del milagro?

Orientaciones para profundicemos en el texto: 
El Evangelista Marcos nos presenta a Jesús que enseña, y su enseñanza suscita “estupor” o “asombro” en quienes lo escuchan. Es el estupor y el asombro de quien es interpelado por la novedad de la persona de Jesús, quien vino a inaugurar el Reino de Dios y ya está presente en la comunidad.
Su enseñanza es nueva, y contiene el poder de la acción del mismo Dios que realiza lo que dice. El resultado final es la liberación del mal: esta lucha contra el espíritu del mal se abre a todo el Evangelio que nos presenta a Jesús siempre dedicado a descubrirlo en todas las situaciones y a liquidarlo.
La lucha que Jesús aquí emprende contra el mal para abrirnos el camino de Dios, será la lucha fatigosa de toda su vida y es la lucha que la Palabra continuamente conduce en nosotros y en el mundo. Es una lucha para salir de toda clase de esclavitud hacia la verdadera y auténtica libertad.
La enfermedad y la misma muerte representan el resultado del poder del mal y están en conexión con ese misterio de iniquidad que se llama pecado, que es el resultado del espíritu posesivo y de la aprobación de la humanidad. Los endemoniados representan el resultado más típico de este poder del mal. En efecto, estos son personas que no logran establecer una relación madura y correcta con Dios, ni con los hermanos y menos aún con la “casa común”. Permanecen encerrados en sí mismos y pretenden que todo el resto esté a su servicio.
Es precisamente la victoria contra el mal lo que la Palabra obra en nosotros, para colocarnos en el camino del amor y de la vida. Es una lucha ardua. Y sólo a través de la muerte de Jesús en la entrega total que Él hace de sí mismo, se dará la posibilidad de victoria definitiva contra el mal.
El mal de la humanidad, son las diferentes alienaciones, las cuales impiden que las personas sean lo que deberían ser, y se hagan dependientes. El ser humano está alienado cuando se realiza en sí mismo, porque no está en armonía con Dios, ni con los otros, ni consigo mismo. Así cae bajo el poder de los otros, o de sí mismo, o de las cosas, y se convierte en esclavo. El mal entonces es como una potencia, que domina y esclaviza al hombre. 

¿Qué me dice el texto?
A continuación, les propongo algunas preguntas que ayudarán a que en la lectio se dé un verdadero encuentro con Jesús:
¿Qué es lo que más admiro de Jesús?
¿Cuáles son esos espíritus inmundos o ataduras que hoy me roban la libertad?
¿Creo firmemente que Jesús a través de su Palabra puede liberarme de esas ataduras?
¿Qué estaría dispuesto a hacer para permitir que Jesús me libere de dichas ataduras?

Permitamos que esta Palabra se haga oración en nuestras vidas: 
“Vengan, aclamemos al Señor,
demos vítores a la roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. 

Entren, postrémonos por tierra,
Bendiciendo al Señor, creador nuestro,
Porque Él es nuestro Dios y nosotros su pueblo,
el rebaño que Él guía.
Ojalá escuchen hoy su voz,
No endurezcan el corazón como en Meribá,
Como el día de Masá en el desierto;
Cuando sus padres me pusieron a prueba,
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Cfr. Sal 95 (94)