La Sagrada Familia: Jesús, María y José

La Sagrada Familia: Jesús, María y José

Mer, 23 Dic 20 Lectio Divina - Anno B

El Evangelio de este Domingo nos presenta una escena de la vida de la Sagrada Familia, una Familia centrada en Dios, que vive ejemplarmente la Alianza, que expresa su amor y gratitud a Dios cumpliendo fielmente todo lo que Él había mandado a su pueblo; en este caso, la consagración del primogénito a Dios, su “rescate”: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para hacer la ofrenda que manda la Ley del Señor: «Un par de tórtolas o dos pichones». La Sagrada Familia es una familia en la que Dios ocupa verdaderamente un lugar central. Para Santa María y San José esta opción de fe se concreta en el servicio al Hijo de Dios a ellos confiado, pero se expresa también en su amor recíproco, rico en ternura espiritual y fidelidad.

En la escena de la Presentación (2, 22-24) está la ley de Moisés. Lucas mezcla dos prescripciones, sin  mucha distinción. La purificación de la madre era prevista por el  Levítico (12, 2-8) y se cumplía cuarenta días después del parto. Hasta ese momento la mujer no podía acercarse a los lugares sagrados y la ceremonia era acompañada de una ofrenda de animales puros, un cordero o un pichón o una tórtola. Sin embargo la consagración del primogénito estaba prescrita en el Exodo (13 ,11-16): era considerada una especie de “rescate”, en recuerdo de la acción salvífica de Dios cuando libró a los israelitas de la esclavitud de Egipto. En esta escena los padres aparecen como en el acto de presentar, ofrecer el hijo como se hacía con las víctimas y los levitas; mientras en  la figura de Simeón y Ana aparece más bien Dios que ofrece, presenta al hijo para la salvación del pueblo.

Simeón y Ana son figuras cargadas de valor simbólico. Ellos tienen la tarea del reconocimiento, que proviene de la iluminación del Espíritu, como también de una vida llevada en la espera más intensa y confiada, en particular la de Simeón, que está concentrado en la espera; uno que va al encuentro para acoger. Por eso el también aparece obediente a la ley, la del Espíritu, lo guía al templo donde encuentra a José, María y Jesús, toma al niño en sus manos y ora: “Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo, según lo habías prometido. Porque mis ojos han visto a tu salvador (v. 29-30). Dios ha cumplido su promesa y Simeón ha visto al Salvador. Dios  había recompensado su espera, ahora se marcha, para que otros vean también la luz y la salvación para Israel y para las gentes. A su vez Ana, con su avanzada edad, pero sobretodo con su modo de vivir (ayuno y oración) y con la proclamación de quien “espera”, la vemos guiada por el Espíritu de profecía, dócil y purificada en el corazón. Además pertenece a la tribu más pequeña de Israel, la de Aser: signo de que los pequeños y los débiles están más dispuesto a reconocer a Jesús, el Salvador.
Estos dos ancianos  son como una pareja original, símbolos del mejor judaísmo, de la Jerusalén fiel y dócil, que espera y se alegra, y que deja desde ahora en adelante brillar la nueva luz.

Simeón bendice  a la Sagrada Familia (v. 34), pero luego se dirige a María (es bastante posible que José muera antes de que Jesús comience su ministerio); una Espada que traspasa: en general se interpreta como anuncio de sufrimiento para María, un drama visualizado de la Dolorosa. Pero debemos entender aquí a la Madre como símbolo de Israel: Simeón intuye el drama de su pueblo, que será profundamente herido de la palabra viva y cortante del Redentor (Lc. 12,51-53). Simeón le dice a María que “Y a ti una espada atravesará tu alma” (v. 35). Habrá momentos durante el ministerio de Jesús, cuando a éste parece no importarle su familia (Lc. 8,19-21), o cuando parece hablarle disgustado a María (Jn. 2,4), y esos deben haber sido tiempos dolorosos para María. Además, María no puede fallar en ver que Jesús levanta grandes controversias, y debe estar angustiada de saber qué  es lo mejor. En la cruz la espada que hiere el costado de Jesús seguramente no sería tan dolorosa como la espada que hiere el corazón de María. Dios ha honrado a María escogiéndola para ser la madre del Mesías, pero el honor no incluirá una vida fácil, sino una entrega ardua y dolorosa  de María.

Finalmente es interesante notar que todo el episodio da relieve a las situaciones más simples y familiares: la pareja de esposos con el niño en brazos; el anciano que goza y abraza; la anciana que reza y anuncia, los oyentes que aparecen indirectamente comprometidos. También la conclusión del pasaje bíblico hace entrever el pueblo de Nazaret, el crecimiento del niño en un contexto normal, la impresión de un niño dotado de forma extraordinaria de sabiduría y bondad.