XXI Domingo del Tiempo Ordinario

XXI Domingo del Tiempo Ordinario

Lun, 16 Ago 21 Lectio Divina - Anno B

La perícopa que nos ofrece la Liturgia de este XXI Domingo, Jn 6, 60-69, toma la última parte del discurso de Jesús en Cafarnaúm sobre la Eucaristía. Él les habló a sus discípulos sobre el valor absoluto de su liberación del pecado y de la muerte, sobre la vida eterna y la verdadera vida del alma; sobre su Cuerpo y Sangre que debemos comer y tomar para que esta vida – su propia vida – venga a nuestro ser.
Hoy se nos revela la crisis de Cafarnaúm. Este es un punto álgido, difícil, conflictivo, en la vida apostólica de Jesús. Su verdad divide a los discípulos: aquellos que le seguían por razones ambiguas se retiran y a Jesús muchos de sus seguidores lo abandonan; Él se dirige a los doce Apóstoles: “¿También vosotros queréis marcharos?” (Jn. 6,67). Jesús los interpela sobre la calidad de su compromiso. A medida que Jesús fue explicando lo que significaba seguirlo a Él, se fueron quedando atrás aquellos que tenían motivaciones frágiles en su seguimiento.
La elección de Dios y la fidelidad a Él son los temas de la primera y tercera lectura de la liturgia de este domingo.
Cuando el pueblo hebreo, atravesado el Jordán, está para entrar en la tierra prometida, Josué le plantea este dilema: a tomar partido con los idólatras o decidirse por Yahvé (Js 24,1-2ª.15-18). En otras palabras: o Dios o los ídolos.
La respuesta es unánime: “¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros!... Nosotros serviremos al Señor, porque Él es nuestro Dios” (v 16.18). Por desgracia en la práctica continuara Israel, lo mismo que en el pasado, fluctuando entre la fidelidad a Dios y la idolatría: pero teóricamente la elección está hecha: el pueblo reconoce que solo Yahvé es su Dios; y si luego muchos, y aún la mayor parte, prevaricarán, quedará siempre un “resto” fiel. Es una llamada a reflexionar que no basta elegir a Dios una vez en la vida, sino que es preciso renovar cada día la elección, recordando que es imposible servir a Dios y al mismo tiempo a las teorías, vanidades y caprichos del mundo que son otros tantos ídolos.

Al concluir el discurso sobre el “pan de vida” (Jn 6,61-69) también Jesús impone una elección a cuantos le escuchan. O seguirle aceptando el misterio de su carne y de su sangre dados en alimento a los hombres, o apartarse de él. No solo los judíos se escandalizan de sus palabras, sino hasta “muchos discípulos” suyos murmuran: “Este modo de hablar es inaceptable, ¿Quién puede hacerle caso?” (v. 60). Y Jesús en lugar de cambiar de estilo, les advierte la necesidad de la fe: “El Espíritu es quien da vida; la Carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Y con todo algunos de vosotros no creen” (vv. 60-64). Nada, pues, de escandalizarse o discutir, sin creer. Sin la fe y sin el Espíritu que ilumina y vivifica, el mismo misterio del Cuerpo de Cristo puede quedarse en “carne” que no aprovecha al espíritu y no da la vida. Sin la fe el hombre puede oír hablar de carne y sangre de Cristo, puede ver pan y vino, pero no entender la gran realidad escondida en estas palabras y en estos signos.
No hay que ser fáciles en condenar a quien no cree; hay que compadecerle más bien y orar para que los hombres se habran al don de la fe que Dios concede con largueza, y no lo rehúsen prefiriéndole a sus cortos razonamientos humanos. Por esta repulsa “muchos discípulos se echaron atrás y no volvieron a ir con él”. (v. 66). Es impresionante en comprobar que el Señor no hizo nada por retenerlos, sino, vuelto a los Doce, les preguntó: “¿También vosotros queréis marcharos?” (v. 67).
El misterio de Cristo es único e indivisible: o se lo acepta íntegramente o, rechazando un aspecto, se lo rehúsa todo. Ni siquiera la compasión por los incrédulos o el deseo de atraer a los hermanos alejados puede legitimar una mutilación de lo que Jesús ha dicho sobre la Eucaristía. Nadie ha amado a los hombres y procurado su salvación más que Él; sin embargo, ha preferido perder “muchos” discípulos a modificar una sola de sus palabras. Quien se ha decidido por Cristo solo tiene que decir con Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos, y sabemos que tú eres el Santo consagrado de Dios” (vv. 68-69). Conviene recordar con temor que Judas se apartó del Maestro justamente en esta ocasión; el anuncio de la Eucaristía fue la piedra de toque de la autenticidad de la elección de Cristo no solo por parte del pueblo, sino por la de los discípulos y apóstoles. Así la fe en este misterio continuará distinguiendo, a través de los siglos, a los verdaderos seguidores de Cristo.

Se puede todavía decir ¿que el Cristo Crucificado es un escándalo?, ¿O un obstáculo a la fe?, al contrario, la muerte es necesaria. De hecho, la vida de Jesús en la carne o sea terrenal no sirve de nada, no vivifica. Solo la donación de esta en la muerte, abre el camino a la obra creativa del Espíritu, que la experimenta aquel que come la carne y cree en el crucificado y lo recibe en la Eucarístía.
¿La respuesta de Jesús significa, refiriéndose a la Eucaristía “¿Cuándo veáis al Hijo del Hombre, subir a donde estaba antes?” (v. 62) supone no solo la muerte, sino también la exaltación celestial del Salvador. Es de hecho la ascensión que permite a la carne de Cristo, transfigurada en la gloria mediante el Espíritu de descender en forma de Pan Eucarístico y conferir a los hombres la vida divina.
Repitamos nuestra adhesión a Cristo con las palabras de Pedro “¿Señor a quien iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”.

Señor, la fe nos une a ti, y la inteligencia nos vivifica. Haz que nos constituyamos en la unidad por la fe, para que tenga existencia lo que pueda ser vivificado por la inteligencia. Quien no se une a ti, pone resistencia; y quien se opone no cree. ¿Podrá ser vivificado quien resiste? Es enemigo del rayo de la luz, que le debía penetrar: no aparta los ojos, pero cierra su mente…
Señor, que yo crea y me abra; que abra mi inteligencia para ser iluminado.
Si nos vamos de tu compañía, ¿a quién iremos?  “Tú tienes palabras de vida eterna”… Porque tú nos das la vida eterna en el servicio de tu cuerpo y de tu sangre, y nosotros hemos creído y entendido. Creímos, para llegar a comprender; porque si quisiéramos entender primero y creer después, no hubiéramos conseguido ni entender ni creer. ¿Qué es lo que hemos creído y qué es lo que hemos entendido?: “Que tú eres el Cristo Hijo de Dios”; es decir que tú eres la misma vida eterna y que en tu carne y sangre no nos das sino lo que tú eres (S. Agustín).

¿Señor, a quién iremos si tú eres nuestra vida;
Señor, a quién iremos si tú eres nuestro amor,
si tú eres nuestro amor.
Quién como tú conoces
lo insondable de nuestro corazón;
a quién como a ti le pesan
nuestros dolores, nuestros errores.
Quien podrá amar como tú
nuestra carne débil, nuestro barro frágil.
Quien como tú confía
en la mecha que humea en nuestro interior.
Quién como tú sostiene
nuestra esperanza malherida
y nuestros anhelos insaciables.
Quién, como tú, espera nuestro sí de amor?