XXIII Domingo del Tiempo Ordinario

XXIII Domingo del Tiempo Ordinario

Dom, 02 Set 18 Lectio Divina - Anno B

La misión de Jesús continúa en medio de un ambiente hostil, de rechazo y de prácticas superficiales de la religión. “En medio de un pueblo que honra con los labios pero que su corazón está lejos de él. De un pueblo que deja de lado el mandamiento de Dios, para aferrarse a la tradición de los hombres”, según lo meditábamos el domingo pasado. En este vigésimo tercer domingo, Jesús por medio de una acción concreta nos asegura que el amor de Dios nuestro Padre, se hace realidad especialmente con los más necesitados. Escuchemos con atención.

Frente a la actitud descreída de letrados y fariseos (Domingo XXII), Jesús se nos presenta hoy curando a un sordomudo en tierra de paganos. (La Decápolis - diez ciudades - quedaba al este del lago de Tiberíades). Abre los oídos y la lengua de aquel pagano, que le presentan. No va por su propia cuenta. (Señor no tengas en cuenta nuestro pecado sino la fe de tu Iglesia…) gesto suscita inmediatamente la escucha de la Palabra y  la alabanza. Los paganos son los que reconocen la presencia del Mesías. El cumplimiento de la promesa: “se despegarán los ojos del ciego los oídos del sordo se abrirán, saltará como un siervo el cojo, la lengua del mudo cantará”(Is 35,5-6).

Prometer es una de las palabras clave del lenguaje del amor. Prometer es empeñar uno a la vez su poder y su fidelidad, proclamarse seguro del porvenir y seguro de sí mismo, y es al mismo tiempo suscitar en la otra parte la adhesión del corazón a la generosidad de la fe.  Dios, en su manera de prometer, en la certeza que posee de no decepcionar jamás, revela su grandeza única: “Dios no es hombre para mentir ni hijo de Adán para retractarse” (Nm 23,19).  Para Él prometer, es ya dar, pero es en primer lugar dar la fe capaz de esperar que venga el DON; y es hacer mediante esta gracia, al que recibe capaz de la acción de gracias y de reconocer en el DON, el corazón del dador. (X.León-Dufour. Vocabulario de Teología Bíblica)

Es cuanto acontece para todo aquel que cree que –para Dios, nada es imposible-. Veamos en detalle algunos aspectos del texto: en  Israel, la sordera y la mudez eran consideradas como un castigo y por tanto era un pecador,  Jesús no conoce fronteras ni geográficas, ni personales, ni materiales ni espirituales, él ha venido no por los sanos sino por los pecadores. el sordo mudo, no conoce el mundo de los otros ni los otros conocen su mundo; no conoce la ley. Pero el sordomudo se dejó conducir por otros… que sí conocían a Jesús, que sí creían en Jesús, que sí le creían a Jesús. Otros que saben que hay muchos que aún no conocen a Jesús, o que si lo conocieron se han olvidado u otros que sencillamente no quieren conocerlo, y entiende que su misión es acercarlos a Jesús.

Marcos, muy detalladamente narra los gestos y palabras de Jesús que hacen posible que este sordomundo experimente una nueva vida: la vida del diálogo, de la escucha, de la alabanza, de la comunicación. El milagro se realiza cuando el Señor interviene y hay una respuesta, aunque sea limitada por nuestra parte. Ciertos de que toda dificultad queda comprendida, superada o asumida por la eficacia poderosa de la Palabra en todo aquel que cree. Es solo la fe la que nos permite y nos hace capaces del estupor, de la admiración, de la alabanza. Esa fe personal que se enriquece dándola (Puebla), una fe que se robustece creyendo (Benedicto XVI).

Medita (Qué me/nos dice la Palabra de Dios)
Muy oportuno resulta la invitación del Papa Benedicto XVI, de convocar a la Iglesia para celebrar y vivir el Año de la fe. Es urgente unirnos a su preocupación: la trasmisión de la fe. "En esta feliz conmemoración, deseo invitar a los hermanos Obispos de todo el Orbe a que se unan al Sucesor de Pedro en el tiempo de gracia espiritual que el Señor nos ofrece para rememorar el don precioso de la fe. Queremos celebrar este Año de manera digna y fecunda. Habrá que intensificar la reflexión sobre la fe para ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, sobre todo en un momento de profundo cambio como el que la humanidad está viviendo.

Deseamos que este Año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Será también una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía, que es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza». Al mismo tiempo, esperamos que el testimonio de vida de los creyentes sea cada vez más creíble. Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada, y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe de hacer propio, sobre todo en este Año.

No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo significado, cuando en un sermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […] Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón».

En este sentido, quisiera esbozar un camino que sea útil para comprender de manera más profunda no sólo los contenidos de la fe sino, juntamente también con eso, el acto con el que decidimos de entregarnos totalmente y con plena libertad a Dios. En efecto, existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento. El apóstol Pablo nos ayuda a entrar dentro de esta realidad cuando escribe: «con el corazón se cree y con los labios se profesa» (cf. Rm 10, 10). El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo…el conocimiento de los contenidos que se han de creer no es suficiente si después el corazón, auténtico sagrario de la persona, no está abierto por la gracia que permite tener ojos para mirar en profundidad y comprender que lo que se ha anunciado es la Palabra de Dios.

Profesar con la boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso.

La misma profesión de fe es un acto personal y al mismo tiempo comunitario. En efecto, el primer sujeto de la fe es la Iglesia. En la fe de la comunidad cristiana cada uno recibe el bautismo, signo eficaz de la entrada en el pueblo de los creyentes para alcanzar la salvación. Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: «“Creo”: Es la fe de la Iglesia profesada personalmente por cada creyente, principalmente en su bautismo. “Creemos”: Es la fe de la Iglesia confesada por los obispos reunidos en Concilio o, más generalmente, por la asamblea litúrgica de los creyentes. “Creo”, es también la Iglesia, nuestra Madre, que responde a Dios por su fe y que nos enseña a decir: “creo”, “creemos”».

Como se puede ver, el conocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el propio asentimiento, es decir, para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia. El conocimiento de la fe introduce en la totalidad del misterio salvífico revelado por Dios. El asentimiento que se presta implica por tanto que, cuando se cree, se acepta libremente todo el misterio de la fe, ya que quien garantiza su verdad es Dios mismo que se revela y da a conocer su misterio de amor.

Por otra parte, no podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aún no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico «preámbulo» de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios. La misma razón del hombre, en efecto, lleva inscrita la exigencia de «lo que vale y permanece siempre». Esta exigencia constituye una invitación permanente, inscrita indeleblemente en el corazón humano, a ponerse en camino para encontrar a Aquel que no buscaríamos si no hubiera ya venido. La fe nos invita y nos abre totalmente a este encuentro.

Ora (Qué le respondo al Señor)
En silencio y contemplando el corazon del dador de este precioso don de la fe, agradece a Dios y unidos en oracion supliquemos para podamos intensificar el testimonio de la caridad. San Pablo nos recuerda: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Co 13, 13). Con palabras aún más fuertes —que siempre atañen a los cristianos—, el apóstol Santiago dice: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos”, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: “Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe”» (St 2, 14-18).

La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40): estas palabras suyas son una advertencia que no se ha de olvidar, y una invitación perenne a devolver ese amor con el que él cuida de nosotros. Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, y es su mismo amor el que impulsa a socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida. Sostenidos por la fe, miramos con esperanza a nuestro compromiso en el mundo, aguardando «unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia» (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1). (nº 14)

Contempla
Contempla los gestos y palabra de Jesús que hoy está haciendo contigo. Mira los gestos y palabras que tu estas utilizando con los demás: ¿son gestos y palabra que conducen a Jesús?

Actúa
Preparada con la Palabra y la doctrina de la Iglesia,  me dispongo a tener un corto diálogo con un hermano que aún no conoce a Jesucristo, consciente, como dice San Pablo: “Todo lo puedo en Cristo que me da la fuerza (Flp 4, 12). Cuando me siento débil, entonces es cuando soy fuerte (2 Cor 12, 10)

 

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