XXVII Domingo del Tiempo Ordinario

XXVII Domingo del Tiempo Ordinario

Mer, 29 Set 21 Lectio Divina - Anno B

En la Liturgia de la Palabra el día de hoy el Señor nos recuerda que ha nombrado a su creatura para administrar la creación, por tanto ha constituido una unidad entre hombre y mujer en igualdad de condición.  “En cierta ocasión, se le acercaron a Jesús unos fariseos y para ponerlo a prueba le preguntaron si un hombre podía despedir a su mujer” (Marcos 10,2).  Los fariseos aluden a una norma de Moisés (Dt. 24,1) que justifica el divorcio. En ese contexto polémico, Jesús responde utilizando tres argumentos sucesivos. Primero interpreta que el texto en el que se apoyan los fariseos es una concesión de Moisés a su incapacidad para entender; literalmente, a su dureza de corazón. A continuación, plantea el origen de la relación entre varón y mujer desde el plan divino en la creación (Marcos 10, 7): “Dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer” (Gen. 2,24) y finalmente concluye con una sentencia con la que expresa que no se debe ir contra la voluntad de Dios. En este texto Jesús también alude a Gen. 1,27.

En esta tentación que los fariseos ponen a Jesús le recuerdan una norma de Moisés relativa al divorcio, que ellos interpretan según su concepción patriarcal de la sociedad y la inferioridad de la mujer, la que se tenía por propiedad del esposo. Jesús cuestiona las relaciones de tipo patriarcal y los remite a la voluntad original de Dios, puesto que el certificado de repudio que ellos invocan no es más que una concesión temporal( conf. Marcos 10, 4-5). En Mateo 19,5 -10,12 se lee: “Si la mujer repudia al marido”: esta cláusula se refiere al derecho romano, porque la ley mosaica concedía el derecho de repudio solo al hombre y no a la mujer.

En su respuesta a los fariseos, antes de concluir lo que Dios ha unido no lo separe el hombre (Marcos 10,9), Jesús cita el Antiguo Testamento, uniendo dos textos del Génesis que proclaman la fundamental igualdad personal del hombre y de la mujer y su complementariedad mutua en el matrimonio.  Son estos: “Al principio de la creación Dios creó hombre y mujer” (1,27).  Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne” (2,24). El segundo texto pertenece a la primera lectura de hoy (Gen. 2,18-24) que contiene la leyenda literaria de la “costilla” y que es menos igualitario y feminista (Gen, 1,27).

¿Qué quiere Dios para el matrimonio?  Quiere que varón y mujer, creados a su imagen y semejanza, se complementen y se amen, así como nos lo presenta la primera lectura de hoy: “pero entre ellos no encontró ayuda y compañía” (Gen.2, 20); es importante que respeten su dignidad, que se ayuden de tal manera que formen un solo ser, suscitando un nuevo núcleo de vida. El matrimonio es una alianza en comunión fiel y creciente por lo que un varón y una mujer participan del amor creador y liberador de Dios.  Por lo mismo es fuente de vida y no de servilismo, de comunión y no de sumisión. Amor y fidelidad, esa es la ley del matrimonio; las dificultades que le presentan a Jesús para justificar el divorcio no lo llevan a suavizar su posición ¿y si uno de los esposos ha traicionado al otro? En este caso ninguno de ellos puede considerar que está desligado de sus compromisos.  Así lo entiende la Iglesia aun cuando tiene que demostrar comprensión por el conyugue que es víctima de la infidelidad del otro (Mat 5,31). “Ya no son dos”.  El texto de Génesis dice: serán los dos una sola carne; o sea que la unión conyugal los unió por un lazo indestructible.

La indisolubilidad del matrimonio según Jesús no surge de una ley exterior al mismo, sino de su misma naturaleza.  Hombre y mujer están hechos el uno para el otro en absoluta igualdad y al unirse en matrimonio constituyen “una sola carne” por disposición divina. San Pablo añadirá posteriormente la referencia cristológica y eclesial al amor de los esposos cristianos que constituye un sacramento y significa el amor de Cristo a la Iglesia (Ef.5, 21 ss.). 
Hoy día existen diversos cuestionamientos y formas de valorar el matrimonio, pero la propuesta de Dios y de la Iglesia, es que es una bendición para los hijos, para la Iglesia y para la sociedad donde existe el verdadero amor, la sinceridad, la honestidad y responsabilidad con la opción tomada entre hombre y mujer.  La libertad humana no consiste en la falta de compromiso y en gratificar el egoísmo, sino que es opción por el bien, es responsabilidad optar por un amor fiel.
El Señor ayuda a renovar constantemente este don vocacional a los casados que se mantienen en contacto con El mediante la fe, la oración y los sacramentos, viviendo así en plenitud la dimensión religiosa del matrimonio cristiano que da lugar al crecimiento perenne en el amor (cf. GS 48 ss.).  Todo amor verdadero viene de Dios, que es amor y a Él debe conducir sin que se confinen en planos distintos el amor humano y el cristiano. Hay casos que la fidelidad matrimonial de por vida supone una cierta dosis de amor heroico, por ejemplo en casos de enfermedad o invalidez irreversibles, pero Dios ayuda con su fuerza nuestra debilidad. Y siempre será hermoso correr el riesgo total de una fidelidad enamorada.

Es importante preparar a los jóvenes sólidamente para su estabilidad y éxito matrimonial: bridarles ante todo una base humana suficiente donde día a día se fortalezcan mutuamente en el altruismo y gratuidad de los dones que cada uno ha recibido de Dios para ponerlos al servicio de la familia y de la sociedad. Segundo una educación constante en el amor, un amor que no pretende nada más que un crecimiento juntos en la aceptación a la otra persona, que perdona y deja la libertad y tercero es necesaria una espiritualidad cristiana donde existe la oración en familia y la oración el uno por el otro en toda situación: en la alegría y en la tristeza….
Los matrimonios están invitados a orar como lo hacemos hoy en la respuesta al salmo ”Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida” (Sal.127) y en la segunda lectura el Señor nos demuestra su gran amor: “Pues, Dios, origen y término de todo, juzgó conveniente llevar a una multitud de hijos de la gloria consagrando con sufrimiento a su Guía y Salvador. Porque tanto Jesús que nos santifica, como los que somos santificados tenemos un mismo origen. Por eso no se avergüenza de llamarnos hermanos” (Heb.2, 10-11).

Referente a este texto el Papa Francisco nos recuerda que: Jesús, ante la pregunta retórica que le habían dirigido, responde de forma sencilla e inesperada: restituye todo al origen de la creación, para enseñarnos que Dios bendice el amor humano; es él quien une los corazones de un hombre y una mujer que se aman y los une en la unidad y en la indisolubilidad. Esto significa que el objetivo de la vida conyugal no es sólo vivir juntos, sino también amarse para siempre. Jesús restablece así el orden original y originante. (P. Francisco) (San Gregorio Nacianceno, Homilía 37,5-7)