III Domingo de Adviento - Gaudete

III Domingo de Adviento - Gaudete

Lun, 06 Dic 21 Lectio Divina - Anno C

Siguiendo con atención la liturgia de Adviento nos damos cuenta que al llegar el tercer Domingo se acentúa una característica especial. Es el Domingo de Gaudete, que significa “estad alegres”. Se le conoce así porque la antífona de entrada de esta Misa retoma una frase que aparece en la carta de San Pablo a los Filipenses, invitándonos a estar alegres: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres» Sabemos que la alegría es una característica de la persona que sigue al Señor Jesús. La alegría «es y debe ser emblemática del cristiano». Quien sigue de cerca al Señor, incluso en medio de las dificultades o sufrimientos, tiene siempre motivos para una alegría profunda y auténtica.

¿Cuál es la razón de esta alegría? San Pablo nos lo responde precisamente después de su invitación a estar alegres: «El Señor está cerca». La relación entre la experiencia de la alegría y la cercanía del Señor es indudable. La alegría más profunda brota del auténtico encuentro con el Señor Jesús. San Pablo lo experimentó en primera persona, y nos recuerda que debemos estar alegres precisamente porque el Señor está cerca. “La alegría y el gozo son experiencias que se abren a un horizonte que se extiende ampliamente.

Hermas, en los tiempos apostólicos, escribe que una persona que se reviste y goza de la alegría obra el bien, gusta lo bueno, y agrada a Dios. En medio de la austera y exigente disciplina de los Padres del desierto, la alegría tiene un lugar importante, como se ve por ejemplo en la enseñanza del padre Benjamín: “Estén alegres en todo tiempo”. San Agustín, desde otra perspectiva, señala: “La alegría es dilatación del alma”. Esto ocurre en toda auténtica alegría. Mas el ser humano se percibe ansiando una alegría ilimitada desde lo más profundo de sí. Precisamente, la profundidad del ser humano habla de su estructura interna que desde el fondo se abre hacia el infinito. Está en su naturaleza la disposición a anhelar la alegría y buscar la verdad.

La alegría que puede satisfacer el anhelo del hombre no es aquella transitoria y efímera de lo perecedero. Ciertamente la alegría propiamente tal no es el jolgorio ni la exaltación de un momento, cuya finitud reclama una constante sucesión de esos momentos de bienestar. Ellos son tan sólo apariencias de alegría. Su fugacidad les arrebata la máscara y muestra lo crudo de la decepción. La verdadera alegría es una realidad de armonía y gozo que cual río subterráneo va aflorando cuando la persona se encuentra con un bien lícito, que conoce y ama como conducente a su meta temporal y eterna. La auténtica alegría, la que podemos llamar alegría profunda, es aquella que permanece y no es aniquilada por tribulaciones ni desventuras. San Pedro de Alcántara, utilizando una metáfora náutica, apunta: “La alegría espiritual es el principal remo en esta navegación nuestra”. El evangelio es la continuación del mensaje personal del Bautista que ha recogido la tradición sinóptica y se plasma con matices diferentes entre Mateo y Lucas. Nuestro evangelio de hoy prescinde de la parte más determinante del mensaje del Bautista histórico (3,7-9), en coincidencia con Mateo, y se centra en el mensaje más humano de lo que hay que hacer. Con toda razón, el texto de los vv. 10-18 no aparece en la fuente Q de la que se han podido servir Mateo y Lucas. Se considera tradición particular de Lucas con la que enriquece constantemente su evangelio. No quiere decir que Lucas se lo haya inventado todo, pero en gran parte responde, como en este caso, a su visión particular del Jesús de Nazaret y de su cristología.

Por tanto, podemos adelantar que Lucas quiere humanizar, con razón, el mensaje apocalíptico del Bautista para vivirlo más cristianamente. En realidad es el modo práctico de la vivencia del seguimiento que Lucas propone a los suyos. Acuden al Bautista la multitud y nos pone el ejemplo, paradigmático, de los publicanos y los soldados. Unos y otros, absolutamente al margen de los esquemas religiosos del judaísmo. Lucas no ha podido entender a Juan el Bautista fuera de este mensaje de la verdadera salvación de Dios. Este cristianismo práctico, de desprendimiento, es una constate en su obra.

Nos encontramos con la llamada a la alegría de Juan el Bautista; es una llamada diferente, extraña, pero no menos verídica: es el gozo o la alegría del cambio. El mensaje del Bautista, la figura despertadora del Adviento, es bien concreto: el que tiene algo, que lo comparta con el que no tiene; el que se dedica a los negocios, que no robe, sino que ofrezca la posibilidad de que todos los que trabajan puedan tener lo necesario para vivir en dignidad; el soldado, que no sea violento, ni reprima a los demás. Estos ejemplos pueden multiplicarse y actualizarse a cada situación, profesión o modo de vivir en la sociedad. Juan pide que se cambie el rumbo de nuestra existencia en cosas bien determinantes, como pedimos y exigimos nosotros a los responsables el bienestar de la sociedad. No es solamente un mensaje moralizante y de honradez, que lo es; es, asimismo, una posibilidad de contribuir a la verdadera paz, que trae la alegría.

 Un día vino un hombre
Un día vino un hombre que tenía magia en la voz,
calor en sus palabras, embrujo en su mensaje.
Un día vino un hombre con la alegría en los ojos,
la libertad en las manos, el fuego en sus hechos.
Un día vino un hombre con la esperanza en sus gestos,
con la fuerza de su ser, con un corazón grandísimo.
Un día vino un hombre con el amor en sus signos,
con la bondad en sus besos, con la hermandad en sus hombros.
Un día vino un hombre con el Espíritu sobre sí,
con la felicidad en su padecer, con el sentido en su morir.
Un día vino un hombre con el tesoro de su cielo,
con la vida de su cruz, con la resurrección de su fe.
Un día viniste Tú...
Ven ahora, también, Señor.

(Alois Albrecht)