IV Domingo de Adviento

IV Domingo de Adviento

Lun, 17 Dic 18 Lectio Divina - Anno C

Estamos a la vigilia de la Navidad: todo está listo o casi. En este último tramo del camino nos acompaña la figura de Isabel. San Lucas nos presenta en encuentro entre dos espléndidas protagonistas: María e Isabel, y es propio Isabel la que pronuncia el más bello retrato de nuestra Madre, con su “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”. Isabel es una mujer iluminada por la fe, que el Espíritu, se vuelve alabanza a Dios. Y María es modelo de la acogida de Jesús; señora de la fe y señora de la alegría.

En el relato de la Visitación María, Lucas comienza: “En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá” (1,39). Y cabe preguntarnos qué mueve a María a correr en su estado, por aquellas montañas. La respuesta está en el anuncio que ha recibido del ángel en la anunciación: “Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez” (1,36), palabras que María acoge como una invitación a encontrar el signo que evidencia que “no hay nada imposible para Dios” (1,37), va a contemplar en la fe el signo que le fue dado. Y esta fe es elogiada por Isabel: “Dichosa tú porque has creído”.

En el Evangelio de hoy, no sólo son las dos madres las que se encuentran. Este es también el primer encuentro de los dos hijos que traen en el vientre: Juan y Jesús. Si bien la escena está dominada por las dos madres, su centro está en la percepción que Juan tiene de Jesús. De esa forma discreta, con una danza de alegría por el encuentro con el Señor, comienza la misión del precursor del Mesías.

La visitación una salida urgente al encuentro con la vida.
La visitación, está enmarcada entre los iconos de las anunciaciones y nacimientos de Juan y Jesús, nos invita a ver a Dios aconteciendo en cada realidad concreta. El texto nos deja ver dos parejas que creen y esperan las promesas hechas por el Señor a su pueblo y a sus familias. Ellos viven la cotidianidad del trabajo y del amor; de la espera, la oración y la búsqueda. Isabel y Zacarías – María y José, se nos muestran como ejemplo de quien sabe confiar, esperar y actuar.

El viaje de María es una metáfora del caminar en la fe. Caminar es confiar en la voluntad de Dios, que nos hace expertos en humanidad; es un gesto concreto de obediencia a la Palabra de Dios, ello implica abrirnos al mundo, a la belleza de una vida dinámica y creativa, que exige apertura y disponibilidad continua. Ponerse en camino, implica dejarse tocar por la realidad del otro, poniendo en juego toda nuestra vida, para hacer que broten nuevas relaciones, construir nuevos significados y abrir nuevos horizontes. Por esto María va aprisa, sale, se pone en camino.

El evangelista nos está mostrando que después de la anunciación María vive un momento de pausa, de interiorización, de meditación. Esto es importante también para nosotros: la acción del Espíritu solicita el cultivo de la interioridad.

Guiada por el Espíritu, Isabel capta la grandeza de lo sucedido en María y lo expresa abiertamente. Su exclamación con gran voz manifiesta un verdadero entusiasmo religioso, que la plegaria del Avemaría sigue haciendo resonar en los labios de los creyentes, como cántico de alabanza de la Iglesia por las maravillas que hizo el Poderoso en la Madre de su Hijo. La grandeza y la alegría de María tienen su origen en el hecho de que ella es la que cree... Isabel, con su exclamación llena de admiración, nos invita a apreciar todo lo que la presencia de a Virgen trae como don a la vida de cada creyente.

Las palabras pronunciadas por Isabel bajo la acción del Espíritu tienen un valor universal para todo creyente. Ella proclama con voz profética una doble bendición, donde pone a María en relación con su Hijo, porque Dios bendice con la vida: “Bendita tú” y “Bendito el fruto de tu vientre”, y la exalta por su fe: “Dichosa tú porque has creído” en un Dios que hace historia con los pequeños y haz renovado la relación de Dios con la historia, por ser signo tangible de su presencia en la vida cotidiana y en los gestos más comunes donde cada una es una bendición para el otro. Lo que hasta el momento era solamente el secreto de María ahora Isabel lo anuncia a gritos y con el corazón desbordante.

“Bendita”.
En primer lugar, Isabel alaba a Dios por lo que Él ha hecho en María, esto es, la ha llenado de gracia y la ha bendecido con su poder creador que la ha hecho capaz de transmitirle la vida al Hijo de Dios.

La exclamación de Isabel, “Bendita…”, es el eco del saludo que, en los relatos del Antiguo Testamento, Ozías en nombre el pueblo le dirige a Judith, la liberadora: “Bendita, seas, hija del Dios Altísimo más que todas las mujeres de la tierra” (Judith 13,18).

Bendecir es “generar vida” y precisamente por eso María es “la bendecida” por excelencia: si bien toda mujer es bendición para el mundo por el hecho de engendrar vida, mucho más María es la “bendita entre todas las mujeres”, ya que ella trae al mundo al Señor de la vida que vence la muerte y da la vida eterna.

Además, porque su hijo no es un niño cualquiera sino el “hijo del Altísimo” María tiene con suficiente fundamento la dignidad de “Madre de Dios (del Señor)” (1,43).

“Feliz”
En segundo lugar, Isabel le hace eco a las palabras pronunciadas por María en la anunciación: “Hágase en mí según tu Palabra” (1,38), y califica su actitud como un acto de fe: “Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor”.

¿Qué quiere decir Isabel sobre María? Quiere decir que María “creyó” en el cumplimiento de la Palabra, es decir, la tomó en serio, se abandonó a su poder creador, confió en la fidelidad de Dios a su promesa. La alegría de María proviene de la fuente inagotable de su fe siempre viva, porque ella como ninguna está siempre abierta a Dios.

Este mismo gesto de María le será pedido, a lo largo del Evangelio, a todas las personas que Jesús cruce en su camino (ver por ejemplo: Lucas 7,9.50; 8,48). En la fe tendrán que ser educados de manera especial los futuros evangelizadores (ver 24,25). Aparece así una definición clara de la fe: uno es creyente cuando sabe “oír la Palabra de Dios y ponerla en práctica” (8,21; 11,27-28).

Los motivos de la “bendición” y de la “bienaventuranza” han sido dados: la fe con la cual María obedeció la Palabra que le fue dicha de parte del Señor y que hizo generar vida en calidad de “Madre del Señor”.