XIII Domingo del Tiempo Ordinario

XIII Domingo del Tiempo Ordinario

Lun, 24 Giu 19 Lectio Divina - Anno C

Esta sección del capítulo 9 del Evangelio de Lucas presenta la fase del viaje de Jesús a Jerusalén, su último viaje, donde se cumplirá su "éxodo terrenal" (cf. Lc 9, 31). El camino del seguimiento, como el de Jesús hacia Jerusalén, está lleno de dificultades y  constantemente amenazado por nuestras “miradas hacia atrás”. El Señor nos pide una mirada atenta a la realidad para vivir radicalmente comprometidos con ella, desde la novedad que el Evangelio nos ofrece.

El Evangelio de hoy es un ejemplo de lo que debe ser nuestra vida cristiana, un seguir a Jesús, un caminar con Él hacia la Pascua. Lucas ilustra la salvación de Dios, centrada en el evento de la Pascua (viaje a la ciudad santa) y destinada a expandirse desde Jerusalén hasta los confines del mundo, por obra del Espíritu en la Iglesia (Hech.) en un estilo de vida evangélico.

El Evangelio aparece como una teología pascual en el que la pasca de Jesús es el hecho decisivo, y la Iglesia es la expansión vital, universal. Todo para el cumplimiento de la gran Historia de Israel, centrada en Jerusalén. La parte central del Evangelio (3,1-21) Lucas a diferencia de Marcos y Mateo sitúa la vida de Jesús en el contexto más amplio de Roma y de Palestina, esta es la primera fase. La segunda, el viaje de Jesús a Jerusalén. El evangelista destaca la importancia de este comienzo con una fase muy particularmente solemne. El tiempo de su elevación al cielo se refiere al resto de la actividad de Jesús: subida a Jerusalén, pasión, muerte, resurrección y ascensión.

“La Palabra decididamente manifiesta su determinación incondicional de ir a la ciudad de su destino”, que es la meta final de su misión del camino, recuerda de forma constante la firmeza de su decisión. Son tres casos paradigmáticos: al no tener nombre los personajes, todos podemos y debemos sentirnos reflejados, implicados.

Al primero, que se ha ofrecido espontáneamente, le pide que no se identifiquen con ninguna institución. Jesús le hace notar que si quiere seguirle ha de aceptar vivir en la inseguridad y renunciar a la vida cómoda y tranquila. Jesús nos quiere abiertos a todo y a todos, universales, no apegados a nuestros pequeños feudos.

Al segundo, lo invita Él mismo porque sabe que en Él se ha dado ya una ruptura con la tradición, con el pasado Jesús, le pide que esa ruptura sea total, que no viva en la indecisión, que no retrase su opción, que se olvide totalmente del pasado (hasta de enterrar) y que se disponga a anunciar la novedad del reino con urgencia y prontitud.

La respuesta que da al tercero revela que el seguimiento solo es posible con decisión firme y constante: “Quien siga mirando para hacia atrás no vale para el reino de Dios.

El seguimiento es, pues, mucho más que un vago deseo de generosidad o de admiración. Quien busca seguridades y se conforma con identificarse con una institución o un particularismo, por sagrado que sea, se cierra a Jesús. Quien no rompe con el pasado, y no subordina todo al anuncio del reino, no puede entender ni gozar la novedad que conlleva y que ofrece Jesús. Quien pone la mano en el arado y mira hacia atrás, o sea, quien no asume con radicalidad el seguimiento, quien juega a dos cartas o quiere nadar en la identificación no es apto para el reino.

Las exigencias de Jesús pueden parecer inhumanas y hasta crueles a primera vista. Lo que intenta significar es que hay que dar prioridad al reino de Dios por delante de cualquier otro interés o compromiso. Seguir a Jesús, ayer y hoy, exige adoptar una generosa actitud de renuncia personal y de fidelidad sin fisuras por la causa del reino de Dios.

Ser cristiano no es tener fe, sino irse haciendo creyente. En realidad, se es cristiano cuando se esta caminando tras las huellas del Maestro. Por eso, más que ser cristianos, deberíamos decir que nos vamos haciendo cristianos en la medida en que nos atrevemos a seguir a Jesús. Se trata de configurar nuestra vida en el seguimiento de Jesús, sin car en la tentación de seguir a otros intereses u otras corrientes que aparentemente nos pueden ofrecer una seguridad religiosa, pero que nos alejan del espíritu del Evangelio.

Cuando el creyente se esfuerza por seguir a Jesús, día a día, va experimentando de manera creciente que sin ese “seguir a Jesús” su vida sería menos vida, más inerte, más vacía y más sin sentido.

Para orar:

  1. a) Meterme dentro de la escena. Identificarme con los personajes y contemplar a Jesús: sus palabras, sus gestos, sus actitudes.
  2. b) Creer que antes que yo me decida por Jesús, Él se ha decidido por mí. Escuchar ese “Sígueme”. O decir con convicción, “Te seguiré”. Sentir la llamada como una bocanada de aire puro y fresco.
  3. c) Ver cuáles son mis dificultades, mis obstáculos, mis miedos, mis componendas…, que las hay.
  4. d) Tomar una decisión firme. Escribir mi compromiso en forma de plegaria, compromiso u ofrecimiento.
  5. e) Gratitud y alegría porque alguien se ha fijado en mí, me aprecia y me da la posibilidad de tener una vida que merezca la pena.