Solemnidad de todos los Santos

Solemnidad de todos los Santos

Dom., 28 Out. 18 Lectio Divina - Ano B

La solemnidad de todos los Santos es ocasión propicia para elevar la mirada de las realidades terrenas, marcadas por el tiempo, a la dimensión de Dios, la dimensión de la eternidad y de la santidad. Al contemplar el luminoso ejemplo de los Santos, se suscita en nosotros el gran deseo de ser como ellos, felices por vivir cerca de Dios, en su luz, en la gran familia de los amigos de Dios. Ser santo significa vivir cerca de Dios, vivir en su familia.

Al centro de la liturgia de este día encontramos el hermoso relato de las bienaventuranzas. Nos llama la atención, en primer lugar, que Jesús identifique la santidad con la alegría, con la dicha, con la “bienaventuranza”, lo cual significa que ser santos es vivir alegres y ser felices. Así, cada bienaventuranza se convierte en un camino de santidad que, como nos ha dicho el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate, no implica un espíritu apocado, tristón, agriado, melancólico, o un bajo perfil sin energía. El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor. Sin perder el realismo, ilumina a los demás con un espíritu positivo y esperanzado.

Podemos decir que la esencia de las bienaventuranzas pronunciadas por el Señor es su propio corazón, cada bienaventuranza es un autorretrato del corazón de Cristo en el que se nos  revela cómo es Dios y cómo Él ve las cosas, se trata del reflejo de la vida del Hijo de Dios. Quien ha comprendido las bienaventuranzas y se propone practicarlas, ha comprendido el Evangelio y se aproxima al corazón de Cristo mediante un proyecto concreto de conversión como lo hicieron los Santos. Ellos se propusieron purificar sus criterios para ver el mundo desde los ojos de Dios a través de cada bienaventuranza.

Así, Dios nos da la gracia de empezar a disfrutar del cielo aquí en la tierra, porque las bienaventuranzas no son una evocación de un futuro que llegará, sino la posibilidad de tener la antesala del cielo en la vida presente.

Los Santos son también un vivo reflejo de las bienaventuranzas, ellos no brillan con luz propia, reciben y reflejan la luz de Dios, algo así como pasa con los astros del sistema solar. El rostro de Cristo tiene la virtud de hacerse presente hoy y de atraernos a través de otros rostros, algo así como cuando Moisés bajó del monte Sinaí y su rostro era brillante, reflejaba la gloria de Dios, irradiaba a Dios después del encuentro que tuvo con él.

Por esto, la llamada a la santidad supone una conciencia de que necesitamos admirar a los Santos. De hecho, la Santidad es el rostro más bello de la Iglesia. Los Santos nos alientan y acompañan; en nuestra vida cristiana no estamos solos, la alegría de pertenecer a la Iglesia es la de pertenecer a una familia en la que encontramos continuamente testimonios que nos estimulan siempre a una vida mejor, a encontrar en ellos respuestas a situaciones que nosotros también vivimos.

Nos dice el Papa Francisco que el  testimonio de los Santos es útil para estimularnos y motivarnos, pero no para que tratemos de copiarlos, porque eso hasta podría alejarnos del camino único y diferente que el Señor tiene para nosotros. Lo que interesa es que cada creyente discierna su propio camino y saque a la luz lo mejor de sí, aquello tan personal que Dios ha puesto en él.

La santidad es la obra maestra de la sabiduría de Dios realizada por el Espíritu Santo en nosotros, pidamos al Señor la gracia de ser pobres de espíritu para tener a Dios como único tesoro; de tener un corazón manso, una sensibilidad que sepa llorar; que tengamos hambre y sed de la justicia, que seamos misericordiosos, que seamos limpios de corazón, que trabajemos por la paz y que sepamos tener paz y alegría en medio de las dificultades.