XXX Domingo del Tiempo Ordinario

XXX Domingo del Tiempo Ordinario

Seg., 22 Out. 18 Lectio Divina - Ano B

El texto de este domingo cierra la parte central del Evangelio de Marcos, la tercera parte que hace referencia a los viajes de Jesús fuera de Galilea. Es el último milagro que el Evangelista recoge, el último signo del poder divino de Jesús, que pronto se revestirá de debilidad a lo largo de su pasión.

Nos encontramos frente a una narración que Marcos construye como un itinerario de fe, en el que podemos distinguir tres partes:

  1. Descripción de la situación del ciego (10, 46)
  2. El camino de Bartimeo hacia Jesús (10, 47-50)
  3. El camino de Bartimeo con Jesús (10, 51-52)

Bartimeo, cuyo nombre significa “Hijo del Honorable”, se encuentra al borde del camino, es mendigo, es ciego, es rechazado, ignorado y, seguramente, sufre la soledad y la incomprensión.
Jesús, acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, pasará por ese camino, que es el que va de Jericó a Jerusalén.

Bartimeo no ve, pero sabe escuchar, se entera de que es Jesús quien pasa por el camino, tiene un oído atento para escuchar una voz que le llega al corazón, en la que Él confía podrá ayudarlo a recuperar la luz para sus ojos. No permanece indiferente ante esa Voz única y esa misma voz le da la fuerza para gritar: “Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!”, aunque muchos le decían que se callara, “él gritaba mucho más” y repite su oración: “Hijo de David, ten compasión de mí”.
De su corazón brota la súplica ante el que es “la Luz del mundo” porque sabe que de Él obtendrá misericordia y compasión, esa súplica basada en la oración penitencial del salmo 50(51), “Misericordia, Dios mío, por tu bondad”.

Jesús también escucha a Bartimeo, permite que su grito llegue a su Corazón Misericordioso, se detiene y pide que llamen a Bartimeo. Algunos se hacen mensajeros del Señor, se acercan al ciego y le dicen: “¡Ánimo, levántate! Te llama”, Salta de alegría, deja de lado la vida que has llevado hasta ahora. Él se interesa por ti, te llama, a ti, a quien todos ignoraban, a quien muchos hacían callar. Y ante esta invitación, Bartimeo emprende el camino hacia Jesús.

Ya no está junto al camino, sino que sus pasos toman la vía que lleva hacia Aquel que es el Camino. Y esto lo hace con gestos muy significativos: “arrojando su manto”, “dio un brinco” “vino donde Jesús”. El manto es el mayor bien de un pobre, lo único que le queda, su cobija para la noche, su abrigo para el frío, su recipiente para la limosna. Arrojar el manto significa dejar radicalmente el modo de vida que llevaba hasta ahora. Dar un salto es un gesto de confianza total, expresión de apoyo en la Palabra de Jesús.

Es interesante notar que cuando el ciego se acerca a Jesús, Él le hace la misma pregunta que le hizo a Santiago y a Juan, en el texto del Evangelio del domingo pasado: “¿Qué quieres que haga por ti?” La identidad de la pregunta acentúa la diferencia de la respuesta, mientras que los hijos de Zebedeo pedían estar sentados junto a Jesús, es decir, poder, predilección, privilegios, Bartimeo, cansado ya de estar sentado, sólo pide: “Maestro, que vea!”. Que sea capaz de mirar más allá de las cosas materiales, que pueda mirar hacia lo Alto, que te vea a Ti, esa es la auténtica petición de un verdadero discípulo de Cristo.

Siguiendo este camino, Bartimeo, al recibir la Luz de Cristo, se convierte en discípulo, el último que Jesús llama antes de entrar en la fase final de su ministerio.
Auténtico discípulo es aquel que, como Bartimeo, testimonia y proclama su fe, la traduce en oración perseverante y confiada, se libera de todo lo que le impida un encuentro personal con Cristo e, iluminado por Él, le sigue decidido en su camino.

A diferencia de otros relatos de milagro, en esta oportunidad no hay ningún contacto físico, es suficiente la palabra de Jesús para que el ciego vea: “Vete, tu fe te ha salvado”.  Pero Bartimeo no se va, el texto dice que “Al instante, recobró la vista y le seguía por el camino”. Ahora que ve, que recuperó la luz de sus ojos, no se puede quedar al borde del camino. ¿A dónde ir? Lo mejor es seguir a Jesús que es el Camino, la Luz, el verdadero sentido de la vida.

Es muy clara la invitación del texto del Evangelio de Marcos que la Liturgia nos propone en este Trigésimo domingo del Tiempo Ordinario: a la luz del camino de fe hecho por Bartimeo verificar mi propio camino de discipulado. Mirando los personajes que participan en esta escena, tomar consciencia de mi propia respuesta al seguimiento del Señor.

Puedo tener la actitud de la muchedumbre, que sigue a Jesús sin saber concretamente lo que significa su peregrinación hacia Jerusalén, sin comprometerme con su doctrina y con el sentido de la cruz que muy pronto abrazará en la Ciudad Santa. Puedo ser también de aquellos que, escuchando los gritos del necesitado, silencio esas voces porque molestan mi camino, porque incomodan mi bienestar.

Otra actitud que puedo tomar es la de los discípulos que han sido llamados, formados, que han escuchado la Palabra del Señor y aun así, buscan hasta el último momento los intereses meramente humanos.

Pero se nos propone cuanto ha vivido Bartimeo quien, en un único encuentro con el Señor, se convierte en modelo de un discípulo suyo: es modelo de una persona de fe, él pide lo que todo discípulo debe pedir, tiene el valor para abandonar su vida pasada junto con todo lo que le impide ir hacia Jesús y, recuperando la vista, inicia la ruta del seguimiento hasta Jerusalén, el lugar donde ocurrirá el evento de la Cruz.

Oh Dios nuestro, fuente de vida: 
Tú estás muy cerca de nosotros
en nuestras alegrías y en nuestras penas.

Danos ojos de fe y amor,
para ver la misión que nos han confiado en la vida
y valor y gracia para llevarla a cabo.

Danos también una visión clara
para ver las necesidades del pueblo
que grita su miseria o sufre en silencio,
para que sepamos llevarles tu compasión sanadora
y les orientemos hacia ti.

Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor. AMÉN