II Domingo de Cuaresma

II Domingo de Cuaresma

Seg., 22 Fev. 21 Lectio Divina - Ano B

El texto que la Iglesia propone en este segundo domingo de cuaresma narra la Transfiguración de Jesús en la versión de San Marcos. Este episodio se ubica después de la parte del Evangelio que hace referencia a la revelación del Mesías sufriente y su entrega filial al Padre, más específicamente en el camino que Jesús recorre de Galilea a Jerusalén. Tiene como contexto un anuncio de la Pasión y los criterios para el seguimiento de Jesús; quiere a la vez presentar el camino que hicieron los discípulos para llegar a entender la identidad de su Maestro. Por eso los tres discípulos elegidos van a tener una experiencia que les ayudará a ampliar su visión de la cruz, del seguimiento y de la entrega.

La Transfiguración de Jesús es narrada por los sinópticos y está llena de signos que contienen un profundo significado, no sólo en el ambiente judío sino también para la Iglesia naciente: el monte alto, los vestidos de Jesús con una blancura resplandeciente, la presencia de Moisés y Elías, la nube, la voz que sale de la nube.

Marcos inicia el texto precisando que estos hechos suceden seis días después del primer anuncio que Jesús hace a sus discípulos del destino de sufrimiento y entrega que le espera en Jerusalén, ante el cual, el primero en reaccionar es Pedro. Es precisamente este discípulo quien junto con Santiago y Juan serán testigos de la manifestación gloriosa de Jesús en el monte y serán también los mismos quienes acompañarán al Maestro en la agonía del Getsemaní, esto para que puedan anunciar que gloria y sufrimiento son las dos caras del único amor de Dios por la humanidad, tal como se encarnó en el Hijo Amado.

El monte alto representa el lugar donde se encuentra a Dios, donde las cosas se ven de otra manera, donde se asimilan los pensamientos y sentimientos de Dios. Más aún, es figura de un momento especial en el camino de fe, en el que se vive una experiencia interior de la manifestación de Dios. Así, el monte se convierte para los discípulos en aquello que fue el desierto para Jesús: la oportunidad para definir su elección, es decir, confiar en Dios y seguir a Jesús por “su” camino.

Los vestidos de Jesús que resplandecen con una blancura extraordinaria: manifiestan su divinidad, su gloria, algo más profundo de su identidad, una experiencia inexplicable pero que colma el corazón de los discípulos al punto tal que Pedro propone instalarse en ese lugar, perpetuar esa experiencia. Pero al mismo tiempo manifiesta el temor, el miedo, la incertidumbre que esta vivencia había generado en ellos.

Moisés y Elías son las más grandes autoridades del Antiguo Testamento y desearon contemplar el rostro de Dios; representan la Ley y los Profetas, por lo cual su presencia en la Transfiguración corrobora cuanto Jesús ha compartido con sus discípulos y quiere ayudarles a asimilar.

Una nube los cubrió con su sombra”. La Nube, signo de la Presencia del Padre que ratifica la divinidad de Jesús e invita a escucharlo: “Este es mi Hijo amado: ¡escúchenlo!”. Escuchar es el único camino para entrar en el Misterio de Dios. Escuchar, es un llamado a la confianza, suceda lo que suceda; confianza que tendrá sus pruebas ahora que iniciarán el camino hacia Jerusalén.

“No vieron más que a Jesús sólo con ellos”, ¿Por qué sólo Jesús? Porque desde ese momento Jesús es la única revelación de Dios para nosotros, Jesús es el culmen de la manifestación del Padre; Él es la clave para entender todo el Antiguo Testamento. Todo lo que digan los demás no será sino explicación o profundización de ese Misterio que nos es revelado en la persona de Jesús.

Después de habernos invitado a la soledad del desierto, en el primer domingo de Cuaresma, Jesús nos invita a seguir el camino hacia la Pascua subiendo al monte, alejándonos de cuanto ruido y multitud hay en la llanura. Es muy importante subir al monte, escuchar la voz del Señor, entrar en sintonía con Él, contemplar su Rostro, que da sentido y plenitud al misterio del hombre.

A la vez, al estar en esa Presencia Transfigurada, es oportuno pensar que, para llegar a la gloria de la Resurrección, a la vida nueva, es necesario pasar por la cruz, caminar con Cristo, seguirlo para morir con Él y resucitar. Solamente quien se entrega generosamente tendrá el gozo y la alegría de participar en la realidad nueva instaurada por Cristo. Para que la gloria de Cristo se reconozca y se vea es necesario morir primero, aceptando la voluntad de Padre en la propia vida, viviendo radicalmente el amor a Dios y a los hermanos.

Preparémonos así, recibiéndolos en esta Cuaresma, a celebrar dignamente la Pascua.