XXIV Domingo del Tiempo Ordinario

XXIV Domingo del Tiempo Ordinario

Seg., 06 Set. 21 Lectio Divina - Ano B

El Evangelio de Marcos nos ofrece hoy el inicio de una verdadera escuela sobre el “seguimiento” del Señor y los próximos domingos irá señalando diversos aspectos en tal experiencia de discipulado.  Nos presenta un momento determinante de la vida de Jesús, en que debe plantear a los suyos, a los que le han quedado, las razones de su identidad para el seguimiento: ¿a dónde van? ¿a quién siguen? Al principio tenemos la pregunta de Jesús sobre su propia identidad (8,27-30). Luego, con la primera predicción, el tema de la pasión, muerte y resurrección se vuelve central (8,31).
El tema principal de la pasión, muerte y resurrección está precedido por la pregunta sobre la identidad de Jesús, lo cual permanece destacado en los acontecimientos siguientes (9,7; 10,17-18.47-48). 
Datos geográficos (9,30.33; 10,1.32).
No hay detalles. Se trata de un recorrido entre Cesarea de Filipo (8,27) hasta Jericó (10,46). El término “camino” se encuentra al comienzo (8,27) y al final (10,52) de la sección, pero se repite (9,33.34; 10,17.32.46). Jesús y sus discípulos están realmente en camino.

Destinatarios
En la sección anterior (6,7-8,26), Jesús se había ocupado de sus discípulos. Pero ahora se dirige casi exclusivamente a ellos (excepto 8,34; 10,1). NO hay acontecimiento en el que no tengan parte. Solamente a ellos los interroga por su identidad y solo a ellos les anuncia su propio destino (8,31; 9,31; 10,33-34). Jesús no los prepara solamente para lo que vendrá en Jerusalén; como en ninguna otra parte del Evangelio, los introduce en las consecuencias y muestra qué significa, para sus vidas, el ser discípulos de aquel al cual le fue reservado tal destino (8,34-9,1; 9,35-50; 10,41-45).

La pregunta de Jesús acerca de su propia identidad (8,27-30)
Un giro importante. El primer versículo de Mc presentó a Jesús como el Cristo e Hijo de Dios (1,1). De aquí en adelante el tema de su identidad siempre aparece. En Cesarea de Filipo ocurre, por primera vez, que Jesús pregunte expresamente quién sostiene la gente que “Él sea”. La pregunta no tiene la forma abierta e indeterminada: “Aún no entendéis?” (8,17.21). Sino que apunta claramente hacia la comprensión de su persona.
27Por el camino hizo esta pregunta a sus discípulos: „¿Quién dicen los hombres que soy yo?‟ 28Ellos le dijeron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas‟. 29Y él les preguntaba:Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?‟. Pedro le contesta: Tú eres el Cristo”.
Las preguntas son planteadas mientras van caminando. No hay testigos. Se demuestra lo delicada que es, y cuán estrecha y basada sobre la confianza es la relación entre Jesús y sus discípulos.
A parte de las preguntas que expresan reprensión (4,40; 7,18-19; 8,17-21), hasta el momento Jesús solamente ha planteado preguntas sobre el número de panes (6,38; 8,5). Aún este hecho puede subrayar que aquí sucede algo especial.

Primera pregunta (8,27b-28)
La enseñanza y las obras de poder de Jesús habían producido desde el principio una profunda impresión (1,22.27); la gente reflexiona y se pregunta quién era la persona de Jesús. Ocurre ahora, por primera vez, que Jesús mismo se interese expresamente en las opiniones de la gente.
Los discípulos refieren varias. Son las mismas que ya llegaron a oídos de Herodes Antipas (6,14-16). De estas respuestas se percibe cómo para todos Jesús es verdadero profeta: uno mandado por Dios y difusor con autoridad de la palabra y de la voluntad divina (ver por el contrario: 6,2-3; 8,11-13).

Segunda pregunta (8,28)
Jesús no se interesa por estas opiniones, sino que sigue adelante con otra pregunta. Da la impresión de que la primera pregunta lo que quiere es preparar y provocar un contraste. Los discípulos son distinguidos claramente de las otras personas: “vosotros”. Desde cuando han sido llamados se les ha anunciado que serán pescadores de hombres (1,17); esta distinción permanece. Ahora los coge cortos con la segunda pregunta.  Llegó el momento de responder.
Responde Pedro. Como pescador Simón fue llamado junto con su hermano Andrés; fueron los primeros discípulos (1,16-18). Después de la llamada de los Doce, Simón recibió de Jesús el nombre de Pedro (3,16), y es mencionado siempre junto con los otros (1,29.36; 5,37). Ahora entra en escena solo y activamente, diciendo en nombre de los otros: “Tú eres el Cristo” (8,29). 
Con este modo claro y directo: “Tú eres”, en Marcos solamente se habla de Jesús (1,11; 3,11). También en forma de pregunta: 14,61; 15,2. Se trata siempre de la identidad de Jesús. La afirmación de Pedro es una contribución importante al tema.
El título “Cristo” (o Mesías) significa “el Ungido”. La unción era un acto decisivo en la entronización del Rey (1 Sm 10,1; 16,13; 1 Re 1,39). El “ungido” es el rey (15,32).
Con esto se aclara también la diferencia entre las opiniones de la gente y la confesión de Pedro. La gente ve a Jesús como un profeta, uno entre muchos; todos los profetas deben anunciar. Pedro reconoce a Jesús como el único y el último, el definitivo rey; después de él no vendrán más (12,1-12; Heb 1,1-2), y no sólo es el portador de un anuncio, sino que se ocupa de su pueblo con todo su poder y hace bien todas las cosas (7,37).

Imposición del silencio: 8,30
Y les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de Él”. La orden es enérgica. Aparece un punto muy querido por Marcos: que no le digan a nadie. NO porque sea falso el reconocimiento por parte de Pedro, sino porque es incompleto y debe ser completado. Jesús es efectivamente el Cristo; así fue afirmado en 1,1; y él mismo retoma este atributo: 9,41; 12,35. La protesta siguiente del mismo Pedro (8,32) y toda la segunda parte del Evangelio de Marcos muestra qué es lo que falta: los discípulos deben aprender a aceptar que Jesús es el Cristo crucificado (ver 1 Cor 1,23).
El malentendido del título, con un sentido falso y peligroso para la vida misma, será evidente en el proceso judicial de Jesús ante Pilato. Allí se trata del “rey de los Judíos” (15,2.9.12.18). Es lo que se escribe y se coloca sobre la Cruz (15,26) y motivo de burlas (15,21).
Jesús tiene un interés especial en que no se habla de su Reino. En el pueblo no debe nacer la falsa esperanza y la inquietud, y la actividad no debe ser acabada antes del tiempo por intervención del poder terreno.
Herodes Antipas ya se había comenzado a interesar por la identidad de Jesús (6,14-16), y Cesarea llama enérgicamente la atención sobre el emperador y sus intereses. Dirigiendo la pregunta a los discípulos, Jesús muestra cuánto es importante para Él que ellos entiendan, y cuánta confianza tiene en ellos.
Es fundamental que esta declaración ocupe el puesto central en el Evangelio, y no se puede separa de todo lo que la precede, ni de todo lo que le sigue, ni tratar de comprenderla en sí misma. Ella tiene su significado preciso solamente a partir de estas dos partes. Jesús es el Cristo, que anuncia que el Reino está cerca y definitivamente establecido y que llama a la conversión y a la fe, y confirma este anuncio con sus potentes acciones de misericordia y de salvación.
Él es al mismo tiempo el Cristo que da la plenitud de vida no en un triunfo y un reino terreno, sino en el sufrir injusticia, violencia y en su muerte y resurrección. Él es verdaderamente el Cristo, pero lo es solamente en la manera y en el sentido en que se han hecho visibles a través de las cosas que realiza y en todo el camino recorrido.
La pregunta es única. Jesús aquí la pone por primera y única vez. Pero es única incluso porque, por lo que podemos ver en el ámbito bíblico, nadie antes o después de Él ha hecho semejante pregunta. Ya en sí misma ella remite a la posición absolutamente excepcional de Jesús, pero también a la de los discípulos, siendo dirigida solamente a ellos.
En cuanto pregunta, exige respuesta, presupone inteligencia y comprensión. Jesús les exige a sus discípulos que, sobre el fondo de aquello que la gente dice de él, tomemos posición frente a su obra y a su persona.
Para el discípulo es esencial captar siempre más claramente a quién está siguiendo; de esto depende la naturaleza y el significado de su seguimiento. Cuanto más los discípulos toman conciencia de quién es su Maestro, y de su originalidad, tanto más fuerte se hace la exigencia de permanecer junto a él y de seguirlo.

Primera revelación del Camino de Jesús y de los discípulos (8,31-35)
Comienza la secuencia de perícopas que, en un mismo esquema repetitivo, caracteriza esta sección central del Evangelio de Marcos. Notemos el giro que da el evangelio con relación al tema del discipulado: de la preocupación por el descubrimiento de la identidad de Jesús -ya felizmente revelada en una primera etapa- se pasa al tema del seguimiento. En las tres escenas de la transfiguración, del diálogo en el descenso del monte y la expulsión del demonio, encontramos las dificultades teóricas y prácticas de esta propuesta para los discípulos.

Primera predicción del destino de Jesús (8,31-33)“ 31Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitará los tres días. 32aHablaba de esto abiertamente.32bTomándole aparte, Pedro, se puso a reprenderle. 33Pero él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: „¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres‟. Curiosamente no tenemos los datos habituales de un cambio de escena (cambio de lugar y de tiempo), simplemente una fórmula solemne: “Y comenzó a enseñarles”.
Se deja ver también la conexión con lo precedente.
Ahora, en conexión directa con la pregunta sobre su identidad, Jesús le comunica a los discípulos cuál es el camino que le espera (8,31-32a). Pedro se opone apasionadamente. (8,32b) y con una intensidad similar es decididamente reprendido por Jesús (8,33).

La primera profecía de la pasión, muerte y resurrección
Su tema es la voluntad de Dios: en griego “dei”, esto es, “debe suceder” (=esto está establecido por Dios). Expresa una necesidad determinada por la Escritura (ver 9,11; 14,31).
Aquí como en la otras predicciones (9,31; 10,33-34), Êl habla del Hijo del hombre refiriéndose a sí mismo, puesto que aquello que él anuncia se realiza en su propio camino (una síntesis de Mc 14-16): debe sufrir mucho, ser reprobado, ser matado y resucitar después de tres días. El título de “Hijo del hombre” se sigue repitiendo en el ámbito de la pasión (9,9.12.31; 10,33-34; 14,21.41.62) y tiene una connotación ligeramente diferente de las otras de los dichos análogos en este evangelio (2,10.28; 8,38; 10,45; 13,26). Su contexto ahora es el del justo sufriente (la “Passio Iusti”).
Quienes lo “reprueban” (o sea, lo examinan, y con base en el examen lo rechazan como algo inútil; ver 12,10), son los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas. Es una manera de referirse al sanedrín: el organismo más alto del pueblo de Israel. Ellos juzgan a Jesús y lo rechazan y su muerte proviene de su condena. En este pasaje, en que por primera vez se habla abiertamente del destino de Jesús, ellos son nombrados también por primera vez como un grupo de tres. Así los encontraremos en todas las demás circunstancias decisivas (11,27; 14,43.53; 15,1; ver además: 10,33; 11,18; 4,1.10; 15,31). De ellos proviene la muerte de Jesús, así como fue establecido por Dios.
Pero la muerte no es la última palabra en el camino de Jesús: después de tres días resucitará. Es decir que Dios ejercitará su poder para vencer la muerte y Jesús entrará en la vida eterna e imperecedera de Dios.

Caracterización de la enseñanza de Jesús
Con un brevísimo comentario, Marcos pone de relieve que Jesús instruye a sus discípulos sobre su propio destino de forma clara y abierta (ver una afirmación similar en Jn 16,29). La posibilidad de cambiar las cosas está descartada, de ahí la fuerte reacción de Pedro.

El comportamiento de Pedro (8,32b)
Pedro toma aparte a Jesús y le dirige duras regaños. Se podría traducir también: “Pedro se puso ante Jesús y comenzó a hacerlo retractarse de lo que había dicho”. En ninguna otra parte se refiere un comportamiento similar a este de Pedro.
Pedro está molesto y muy desilusionado con Jesús. Acaba de reconocer a Jesús como el Cristo, el rey pastor definitivo, por medio del cual Dios le da a su pueblo la plenitud de vida, y ahora le escucha decir a este Cristo que Dios ha establecido para él mucho sufrimiento y una muerte violenta. La alusión a la resurrección parece no escucharse: es apagada por el peso brutal de los acontecimientos que le preceden. Surge el escándalo de la cruz: ¿Cómo es que puede dar plenitud de vida este hombre que ha sido destinado para una muerte violenta?
Marcos describe el comportamiento de Pedro con una expresión que usa cada vez que Jesús expulsa demonios: “Gritar severamente” (gr. “epitimáō”; 1,25; 3,12; 9,25). Y enseguida usa la misma expresión para la reacción de Jesús (8,33). En el cara a cara de Jesús y Pedro se confrontan potentes e inconciliables puntos de vista que tratan de anularse el uno al otro.

La respuesta de Jesús (8,33)
La respuesta de Jesús está presentada así: 
- Acción e introducción del discurso (8,33ab)
- Discurso directo:

Una orden (en imperativo) y una apóstrofe (8,33c)
Argumentación de la reprensión (8,33d)
Jesús no se confronta en privado con Pedro. Se vuelve hacia los discípulos, los involucra en el hecho y le grita fuertemente a Pedro: “¡Quita de mi vista, Satanás!”. Jesús le da una orden a Pedro, lo define como tentador y argumenta esto con el pensamiento que domina la mente de Pedro.
Con sus palabras, Jesús no rechaza a Pedro, sino que lo reenvía al lugar que le corresponde. La orden de Jesús remite a Pedro a la primera palabra que  escuchó en el lago: “Venid detrás de mí” (1,17). Fue así, con esta orden en la interacción, que comenzó la relación de Pedro con Jesús.
La tarea primera del discípulo es seguir al Maestro, permitiéndole a Êl que indique el camino. Pedro hizo lo contrario de un discípulo: se había puesto delante de Jesús para apartarlo de un camino que consideraba equivocado. Pedro quería hacerse maestro del Maestro. Por eso Jesús lo remite a su puesto de discípulo. Esta orden es como una segunda llamada, que ocurre en una nueva situación, después que Jesús le ha explicado con claridad que su camino conduce a la resurrección a través de la pasión y muerte. Señalando a Pedro como “Satanás” y argumentando la acusación, Jesús subraya que el camino anunciado por Él fue establecido por Dios. Quien quiera apartarlo de Él, dejándose determinar por los impulsos y deseos humanos, se pone contra Dios y se pone del lado del tentador, cuya tarea es separar de la voluntad de Dios para seguir otros influjos. Así se pone en contra de Dios y de parte de Satanás.

Condiciones y finalidad del seguimiento (8,34-35)
34Llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz y sígame. 35Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”.
Después de haber anunciado en primer lugar el camino que le toca recorrer, que es lo que Dios ha establecido para Él (8,31), ahora Jesús expone el camino que les espera a los discípulos. Después de haber mandado a Pedro a su lugar de discípulo (“hopisō” 8,33; notar la repetición del término en el v.34), muestra en qué es lo que presupone este puesto y qué trae consigo. Con este criterio se organiza un conjunto de logia que afirman:

- Que el seguimiento no puede ser parcial, sino que debe ser total (8,34).
- Que éste es el único camino para alcanzar la plenitud de vida (8,35.38).
- Qué éste es el fundamento de todo y se da una sola vez (8,36-37).

Finalmente, Jesús les predice a algunos que verán el Reino de Dios en su venida con poder (9,1). El auditorio tiene una novedad.
Convocando no sólo a los discípulos sino también al pueblo (8,34), Jesús deja ver claramente que sus palabras no valen solamente para un grupo restringido, sino para todos. Él está hablando como el Cristo (8,29; cfr. 1,1) que Dios ha enviado a su pueblo.

El seguimiento solamente puede ser total (8,34)
Jesús alude al puesto en el cual en los inicios llamó a Simón y Andrés (1,17) y al cual ha reenviado a Pedro (8,33). Ninguno está obligado al seguimiento. Pero quien quiere acoger su llamado, debe atenerse a sus condiciones. Quien quiere seguir a Jesús, no puede hacerlo solamente en tiempos y en ámbitos parciales, sino que debe orientarse hacia él de manera estable y total.
El verdadero seguimiento es posible solamente si Él, o sea la comunión con Jesús, es el valor más alto y es antepuesto a todo lo demás. También el propio yo, sus deseos y sus impulsos deben saber frenar cuando está en juego la comunión con Jesús. Incluso la muerte violenta, hasta la cruz, debe ser aceptada, cuando lo requiera el seguimiento de Jesús.

Notemos ahora cómo las palabras de Jesús en este versículo tienen una figura:
- Seguir (como propuesta libre)
- Negarse a sí mismo (primera cara de la moneda)
- Tomar la propia cruz (segunda cara de la moneda)
- Seguir (con imperativo)