I Domingo de Adviento

I Domingo de Adviento

Ter., 23 Nov. 21 Lectio Divina - Ano C

Comenzamos el nuevo año litúrgico en el contexto de la sinodalidad. En el adviento, la Iglesia celebra dos venidas: la escatológica del Cristo glorioso al final de los tiempos, y la venida en la carne del Hijo de Dios. Por eso, el adviento tiene dos partes distintas. Todos los años comenzamos el nuevo ciclo litúrgico con el Adviento, que es presencia y es llegada. Es una presencia de siempre y constantemente renovada, porque nos preparamos para celebrar el misterio del Dios que se encarna en la grandeza de nuestra miseria humana. Estamos esperando que Cristo vuelva, por eso este texto, que nos prepara a su segunda venida.

Es un texto parecido al que tomamos unos domingos atrás, del evangelista Marcos. Ahora estamos tomando a Lucas. Debemos recordar que Lucas, el médico griego escribe para que los griegos conozcan a Jesús, el Cristo y también acepten la salvación que Él nos ofrece a todos.
Después de las señales que se manifiestan en todo el universo, que es un acontecimiento para todo el cosmos, Lucas dice en su texto: “Verán al Hijo del Hombre” (éste es un título mesiánico, con que se reconocía al Señor) y añade que estará rodeado de poder y de gloria. Es tal, la evidencia que muestra el Señor en su segunda venida, que quedarán al descubierto los falsos profetas. No debe ser un motivo de miedo o temor, porque, es cuando nos dice el Señor: “Levanten la cabeza, porque ha llegado el día de su liberación”. Es un momento de alegría, de esperanza cumplida en la promesa.
Pero también es un momento de advertencia, ya que como no hay aviso previo para ese día, nos pide el Señor que estemos preparados: Dejando atrás los vicios que nos aturden y las preocupaciones de la vida cotidiana.
La recomendación es: Estar despiertos y orar, para que ese momento no nos encuentre distraídos, y así podamos presentarnos tal cual somos, frente al Hijo del Hombre que volverá.
Una frase en medio del texto es el versículo 33, que aunque no se lee en el texto litúrgico, es bueno recordarlo: “el cielo y la tierra pasarán, más mis palabras no pasarán”. Porque aquí lo importante es estar atentos al Señor y a la Palabra de Dios. Pues seremos juzgados por esta Palabra dada a la humanidad.
La verdad fundamental sobre el Adviento es, al mismo tiempo, seria y gozosa. Es seria: vuelve a sonar en ella el mismo "velad" que hemos escuchado en la liturgia de los últimos domingos del año litúrgico. Y es, al mismo tiempo, gozosa: efectivamente, el hombre no vive "en el vacío" (la finalidad de la vida del hombre no es "el vacío"). La vida del hombre no es sólo un acercarse al término, que junto con la muerte del cuerpo significaría el aniquilamiento de todo el ser humano. El Adviento lleva en sí la certeza de la indestructibilidad de este ser. Si repite: "Velad y orad..." (Lc 21, 36), lo hace para que podamos estar preparados a "comparecer ante el Hijo del hombre" (Lc 21, 36).

De este modo el Adviento es también el primero y fundamental tiempo de elección; aceptándolo, participando en él, elegimos el sentido principal de toda la vida. Todo lo que sucede entre el día del nacimiento y el de la muerte de cada uno de nosotros, constituye, por decirlo así, una gran prueba: el examen de nuestra humanidad. Y por eso la ardiente llamada de San Pablo en la segunda lectura de hoy: la llamada a potenciar el amor, a hacer firmes e irreprensibles nuestros corazones en la santidad; la invitación a toda nuestra manera de comportarnos (en lenguaje de hoy se podría decir "a todo el estilo de vida"), a la observancia de los mandamientos de Cristo. El Apóstol enseña: si debemos agradar a Dios, no podemos permanecer en el estancamiento, debemos ir adelante, esto es, "para adelantar cada vez más" (1 Tes 4, 1). Y efectivamente es así. En el Evangelio hay una invitación al progreso. Hoy todo el mundo está lleno de invitaciones al progreso. Nadie quiere ser un "no-progresista". Sin embargo, se trata de saber de qué modo se debe y se puede "ser progresista" y en qué consiste el verdadero progreso. No podemos pasar tranquilamente por alto estas preguntas. El Adviento comporta el significado más profundo del progreso. El Adviento nos recuerda cada año que la vida humana no puede ser un estancamiento. Debe ser un progreso. El Adviento nos indica en qué consiste este progreso.
Y por esto esperamos el momento del nuevo Nacimiento de Cristo en la liturgia. Porque El es quien (como dice el Salmo de hoy) "enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes" (Sal 24 [25], 8-9).
El salmo repite varias veces la expresión camino, relacionada con la voluntad del Señor, de tal manera que caminar es entrar en la obediencia y por ello se hace indispensable el ejercicio de la humildad y la perseverancia en fidelidad. Caminar juntos hace reconocer que no hay otra posibilidad distinta al Señor para hallar la plenitud y la felicidad. Caminar juntos es poder gritarle al mundo que somos capaces de ponernos de acuerdo en algo fundamental: la experiencia de escuchar y hacerse escuchar para crecer, para no desviarnos del camino de la verdad. Pero siempre es posible querer hacer el propio camino, salirse de la comunión y buscar senderos diferentes, poniendo en peligro la unidad. Sin conversión no hay experiencia de caminar juntos, porque prevalecen las propias opiniones y cerramos el oído a los demás, porque nos creemos poseedores absolutos de la verdad, porque se nos dificulta buscar y alcanzar metas comunes. Emprendamos entonces este Kayros pidiéndole al Señor que nos conceda vivir este Adviento, caminando juntos en sinodalidad.