II Domingo de Adviento

II Domingo de Adviento

Dom., 28 Nov. 21 Lectio Divina - Ano C

En este Segundo Domingo de Adviento, la liturgia nos pone a la escuela de Juan el Bautista, que predicaba «anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados» (Lc 3,3). El primer domingo de Adviento escuchamos el grito gozoso que nos animaba: “cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca nuestra liberación” (Lc 21,28). En las lecturas de este segundo domingo vemos ya al heraldo, al pregonero: Juan Bautista. Es el predicador del desierto, que encarna la figura de aquel mensajero en el que pensaron los Profetas, que vela delante de los desterrados de Babilonia, y que iba anunciando de monte en monte la liberación de los cautivos (primera lectura).
En el Evangelio el heraldo o el precursor de la salvación nos habla de los caminos por donde han de pasar los libertados: una senda llana, donde “todo barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado, y donde todo lo tortuoso será recto” (Lc 3,5). Este es el itinerario que vemos marcado por san Pablo en la segunda lectura, a los Fieles de Filipos (1,4-11).

Contexto
Lucas proporciona datos que permiten situar a Jesús en la Historia. Los nombres que cita indican el año 27 de nuestra era como el comienzo del ministerio profético de Juan. Al escribir esos acontecimientos ya habían pasado 30  o 35 años.

Después de los dos años de caos de Arquelao, hijo y sucesor de Herodes el Grande, los romanos dividieron el país judío en cuatro (en griego tetra, de donde proviene el nombre de tetrarcas otorgado a los príncipes). Pusieron a Judea bajo la autoridad del gobernador de Siria y poncio Pilatos era su procurador. El resto del territorio donde los Judíos eran mayoría formaba tres tetrarquías, la principal de las cuales, la Galilea, estaba gobernada por Herodes Antipas, hijo de Herodes el grande.
El desmembramiento de la tierra santa era un desafío a las promesas de Dios, como también el hecho de que se nombraran dos sumos sacerdotes, ya que, según la Ley, los sumos sacerdotes se sucedían de padre a hijo y lo eran por toda la vida. En esta situación humillante, la predicación de Juan Bautista es una novedad y sacude al pueblo.
En los dos primeros capítulos Lucas nos mostró como el Hijo de Dios se había insertado en la humanidad. Al acercarse el tiempo en que el Padre quería que empezara su misión, entró con mucha sencillez en una corriente que otro, Juan Bautista, había suscitado. 

Estructura del texto:
Lc. 3,1-2. Lucas proporciona datos que nos permiten ubicar a Jesús en la historia, y colocan la acción de Juan en el tiempo y en el espacio.
Luc. 3,3. Resumen de la actividad de Juan. La predicación de Juan despierta un interés enorme: Están por cumplirse las promesas, y Dios anuncia su venida.
Luc. 3,4-6. Iluminación bíblica de la actividad de Juan: define la misión de Juan: “Preparen el camino del Señor, enderecen sus sendas”.

Comentario del texto   
Lucas retoma un texto de Isaías 40 que hablaba del regreso a Palestina de los exiliados en Babilonia. En realidad la Palabra de Dios apuntaba más alto: se refería a otro tipo de retorno, que merece el nombre de conversión. Después de ella se vería la salvación. Se notará que para el profeta el Señor es Yahvé, para Lucas el Señor es Jesús y en él se verá la salvación de Dios.
El mensajero es Juan Bautista (que junto con Isaías y María, forma parte de la tríada que nos acompañará en todo este tiempo litúrgico). Fue un profeta querido y temido, porque decía las verdades con coraje y sin miedo. Le costó caro su amor a la verdad. Pero no sólo la decía, sino que sobre todo la vivía.
Su mensaje llega hoy hasta nosotros haciéndonos la misma invitación que hace 2000 años hizo a otra gente: está por venir Otro, alguien especial, por quien el corazón de todos los hombres ha estado siempre en vilo; avivad, pues, vuestra espera, encended vuestra esperanza, y cambiad, convertíos, porque Él, el esperado por todos, está por llegar.

Meditación
En este segundo domingo de Adviento, la liturgia nos pone en la escuela de Juan el Bautista, que predicaba «un bautismo de conversión para el perdón de los pecados». Una voz clama en el desierto: “Preparad el camino del Señor, enderezad las sendas para nuestro Dios”. El profeta afirma claramente que no es en Jerusalén, sino en el desierto, donde se cumplirá esta profecía; es decir, la manifestación de la gloria de Dios a los hombres.
Estas cosas se cumplieron en la historia y a la letra cuando Juan Bautista predicó la venida salvadora de Dios en el desierto del Jordán, donde se reveló la salvación de Dios. Porque Cristo se manifestó y su gloria se Hizo patente a todos cuando, en su bautismo, se abrieron los cielos y el Espíritu Santo, descendiendo en forma de paloma, permaneció sobre él y se oyó la voz del Padre que daba testimonio de su Hijo: Este es mi hijo muy amado, escuchadlo.
Estas cosas se dijeron porque Dios iba a venir a un desierto que había estado siempre cerrado e inaccesible: todas las naciones estaban privadas del conocimiento de Dios, y los justos y los profetas evitaban el trato con ellas. Por eso aquella voz manda preparar un camino a la Palabra de Dios y enderezar las sendas, para que cuando llegue nuestro Dios pueda avanzar sin obstáculos.
Preparad el camino del Señor: este camino es la proclamación de la buena noticia que trae a todos un nuevo consuelo, que desea ardientemente hacer llegar a todos los hombres el conocimiento de la salvación de Dios. (De los documentos de Eusebio de Cesarea, Obispo).
La voz del Bautista grita también hoy en los desiertos de la humanidad, que son las mentes cerradas y los corazones duros, y nos hace preguntarnos si en realidad estamos en el buen camino, viviendo una vida según el Evangelio.
Hoy, como entonces, nos advierte con las palabras del profeta Isaías: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos». Es una apremiante invitación a abrir el corazón y acoger la salvación que Dios nos ofrece incesantemente, casi con terquedad, porque nos quiere a todos libres de la esclavitud del pecado… Y la salvación se ofrece a todo hombre, todo pueblo, sin excepción, a cada uno de nosotros.
Si miramos a nuestro alrededor, nos encontramos con personas que estarían disponibles para iniciar o reiniciar un camino de fe, si se encontrasen con cristianos enamorados de Jesús. ¿No deberíamos y no podríamos ser nosotros esos cristianos? Os dejo esta pregunta: «¿De verdad estoy enamorado de Jesús? ¿Estoy convencido de que Jesús me ofrece y me da la salvación?».
"Si estoy enamorado de Jesús, debo darlo a conocer. Pero tenemos que ser valientes: bajar las montañas del orgullo y la rivalidad, llenar barrancos excavados por la indiferencia y la apatía, enderezar los caminos de nuestras perezas y de nuestros compromisos" (Papa Francisco).

Preguntémonos:
¿Qué aspectos debemos enderezar en nuestra vida, para ver la salvación de Dios?
¿Generalmente, que voz oigo gritar en mi mente, en mi corazón, en mi camino?
Cuál puede ser mi compromiso en este tiempo de Adviento: ¿en mi familia, en mi parroquia, en mi comunidad?
Que nos ayude la Virgen María – que es Madre y sabe cómo hacerlo – a derribar las barreras y los obstáculos que impiden nuestra conversión, es decir nuestro camino hacia el encuentro con el Señor ¡Solamente Él puede dar cumplimiento a todas las esperanzas del hombre!