III Domingo de Cuaresma

III Domingo de Cuaresma

Seg., 14 Mar. 22 Lectio Divina - Ano C

En el camino de camino de cuaresma Moisés representa la etapa del Éxodo, de aquella Pascua que fue figura de la cumplida en Jesús y de aquella salida de la esclavitud que profetizó la ascensión de Jesús de este mundo al Padre y de nuestra liberación del pecado y de la muerte.

Oración inicial
Señor Jesús, tú nos amas tanto que buscas todos los modos para hacernos vivir según tu palabra: en efecto, sabes que este es nuestro verdadero bien. Te damos gracias por esto y te pedimos que nos acompañes en nuestro camino de conversión. Amén.

Mensaje en el contexto
Este pasaje nos presenta dos hechos de crónica: una matanza y un incidente con muchas víctimas. En el primer caso está en juego la libertad y la maldad del hombre; en el segundo, el carácter inevitable y la violencia de la creación. El horizonte es único: precisamente el de la muerte, que el hombre vive siempre como una violencia indebida.

Por consiguiente, todos los acontecimientos se han de leer, a un nivel más profundo, en términos de perdición y de salvación: revela la perdición de la cual nos salva la conversión al Señor. Se excluye una lectura maniquea y simplificada, que divida a los buenos de los malos. En cambio, se propone ver cómo el mal está dentro de nosotros, de tal modo que nos convierte. Es necesario ir a la raíz, discerniendo cuál es la levadura que mueve nuestra vida: ¿es la del adversario, que nos domina mediante el miedo de la necesidad y nos lleva a tener más, o la del Reino, que nos libera en la confianza filial y nos lleva al don?      

El mal, que es un ingrediente constante de la existencia, no es “un” problema, sino “el” problema, inexplicable racionalmente. El intento de defenderse de él es el motor de la historia humana. El constituye un desafío para la fe: la puede hacer decaer o reforzar, negar o cambiar de calidad.

Lectura del texto:
“Le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato…”. Se trata de Zelotes, nacionalistas adversos a los romanos, a quienes Pilato ordenó asesinar en el templo, manchando con sacrilegio la opresión. ¿Qué dice Jesús ante sus aspiraciones de ellos a la libertad, compartidas por todo el pueblo y ahogadas en sangre por los extranjeros? ¿Acaso Él no es el Mesías, el que elimina la injusticia y da la libertad a su pueblo? Jesús tuvo que realizar sobre el propio mesianismo un discernimiento cuidadoso que duró toda su vida, desde las tentaciones del desierto hasta las de la cruz.

Los poderes opuestos se unirán contra El, los poderosos derramarán su sangre de víctima de la injusticia. Para Lucas Jesús muere precisamente como Mesías, como justo ajusticiado (Lc 23, 41.47). Él no se conformó con tapar las fallas del viejo sistema; Él colocó las bases del Reino en una nueva relación con el Padre y con los hermanos.

“Piensan que esos galileos eran más pecadores…”. Los informadores esperan que Jesús defienda a esos galileos y que condene a Pilato como pecador, injusto y sacrílego. Esto está fuera de todo cuestionamiento, porque el que obra mal, obra el mal y es pecador. Pero Jesús no ha venido a condenar a ninguno, sino a salvarlos a todos.

Los interlocutores de Jesús, junto con los galileos que padecen en Jerusalén y en todos los hombres que están en las mismas condiciones, son invitados por Lucas a identificarse con el malhechor que ve junto a sí al Galileo crucificado. Éste es el Mesías que sufre el mal del mundo, el justo que es ajusticiado injustamente, víctima del mal ajeno, que abre a todo injusto el jardín del justo (cf. Lc 23,40-43).

“Si no se convierten”. El mismo pecado, que es obvio en Pilato y es desenmascarado en sus víctimas, ahora se transfiere a sus oyentes. El mal, si se mira en el rostro ajeno, sirve de espejo al nuestro y nos llama a la conversión. El discernimiento nos hace captar la convivencia íntima que tenemos con él y nos lleva a cambiar el criterio de nuestra acción.

Perecerán”. Convertirse o no es cuestión de vida o muerte. Toda la predicación profética lo recuerda. La advertencia profética no es una amenaza: es una declaración insistente y una puesta en guardia que revela el veneno oculto. La perdición no es una condena conminada desde el exterior: es el fruto de la desobediencia, producido por el mal que cometemos. Sin embargo, ella no es inevitable: la conversión nos libra de ella.

“Si no se convierten”. El momento presente es el punto, el único punto en el cual uno puede y debe convertirse de la levadura de los fariseos a la del Reino. Discernir los signos de los tiempos actuales significa leer cada hecho y cada dato como llamamiento a pasar de la hipocresía a la filiación, del reino del miedo al de la libertad. De este modo, el mal pierde el carácter de necesidad y vuelve a estar bajo el dominio de la libertad del hombre que se convierte a Dios y de la misericordia de Dios que no puede dejar de convertirse al hombre.

¿Nos sentimos realmente llamados y enviados a producir frutos de justicia, liberación y fraternidad en el mundo, o soy higuera estéril?

Oración final
Señor, tú que quieres libertad, vida y justicia para tus hijos, danos la valentía necesaria para comprometernos en la construcción de un mundo mejor. Amén