IV Domingo de Adviento

IV Domingo de Adviento

Seg., 13 Dez. 21 Lectio Divina - Ano C

Estamos en vísperas de Navidad: todo está listo, o casi. San Lucas presenta una historia con dos espléndidas protagonistas, María e Isabel; y es Isabel quien pronuncia el retrato más bello de Nuestra Señora de todas las Escrituras, con ese "¡Bendita tú entre todas las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!". I
sabel es una mujer iluminada por la fe que, en el Espíritu, se convierte en alabanza a Dios.
Nuestra Madre la Iglesia ha elevado, delante del rostro de Dios, a un gran honor a las mujeres, proclamando a María Madre de la Iglesia. El regocijo y el gozo eran la fuerza de Nuestra Señora. Fue su hijo quien hizo de ella la presurosa servidora de Dios, porque desde que entró en ella «se fue a toda prisa». Solamente el gozo podía darle la fuerza para marchar a toda prisa más allá de las colinas de Judea y convertirse en la servidora de su prima. Esto sirve igualmente para nosotras; igual que ella debemos servir con prontitud, cada día, apresurarnos para ir más allá de las dificultades que nos encontremos al ofrecer con todo nuestro corazón nuestro servicio a los pobres.

El texto
El Evangelista San Lucas nos presenta, en este texto, la continuación al conocido texto de la ANUNCIACIÓN. Es decir, inmediatamente que María recibió el anuncio por parte del Ángel.

Estructura del texto
Podemos reconocer tres partes en el evangelio, para su mejor comprensión:
- Lc 1,39 y 40: inmediatamente después de que María recibe la visita del Ángel, cuando María, acepta la propuesta de Dios de ser Madre del Salvador. Entonces, María, ya llevando en su Sagrado seno virginal a Jesús, se pone en camino para ir a servir, para ayudar a su prima Isabel, de quien sabía que esperaba un hijo. Esta actitud de María nos enseña que, quien ha recibido la Palabra de Dios, lo primero que hace es disponerse a servir.
- Lc 1,41-44: es el saludo de María y el reconocimiento de Isabel de que Ella era “la Madre de su Señor”.  Las palabras de Isabel resuenan durante siglos hasta nuestra era en el rezo precioso del Ave María, cuando decimos junto con ella: “bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre…” Esto nos recuerda que es el Espíritu Santo quien nos impulsa a orar, a reconocer a Dios en sus obras y en las personas. Y también es quien nos ayuda a reconocer a la “madre de mi Señor”.
- Lc 1,45: es cuando Isabel anuncia con gran fuerza, y le dice a María: Dichosa, Feliz, Bienaventurada tú, porque creíste. Es decir, está hablando de la Fe de María, que la lleva a su Felicidad plena. Es la fe en Dios y en su Palabra, lo que produce alegría completa, felicidad plena, dicha duradera. La fe también lleva al cumplimiento de la promesa de Dios.
La Buena Noticia naturalmente trae un cambio de vida. María al recibir la Buena Nueva se convierte en la primera creyente, en la primera cristiana y discípula. Ella no es la misma ahora que antes. Pues al haber aceptado el Evangelio y sus consecuencias, se transforma no sólo en la madre del Redentor, sino en la madre de los redimidos.

Para celebrar bien la Navidad, estamos llamados a detenernos en los «lugares» del asombro. Y, ¿cuáles son los lugares del asombro en la vida cotidiana? Son tres. El primer lugar es el otro, en quien reconocemos a un hermano, porque desde que sucedió el Nacimiento de Jesús, cada rostro lleva marcada la semejanza del Hijo de Dios. Sobre todo, cuando es el rostro del pobre, porque como pobre Dios entró en el mundo y dejó, ante todo, que los pobres se acercaran a Él.
Otro lugar del asombro —el segundo— en el que, si miramos con fe, sentimos asombro, es la historia. Muchas veces creemos verla por el lado justo, y sin embargo corremos el riesgo de leerla al revés. Sucede, por ejemplo, cuando ésta nos parece determinada por la economía de mercado, regulada por las finanzas y los negocios, dominada por los poderosos de turno. El Dios de la Navidad es, en cambio, un Dios que «cambia las cartas»: ¡Le gusta hacerlo! Como canta María en el Magnificat, es el Señor el que derriba a los poderosos del trono y ensalza a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y a los ricos despide vacíos (cf. Lc 1, 52-53).
Un tercer lugar de asombro es la Iglesia: mirarla con el asombro de la fe significa no limitarse a considerarla solamente como institución religiosa que es, sino a sentirla como Madre que, aun entre manchas y arrugas —¡tenemos muchas!— deja ver las características de la Esposa amada y purificada por Cristo Señor. Una Iglesia que sabe reconocer los muchos signos de amor fiel que Dios continuamente le envía. Una Iglesia para la cual el Señor Jesús no será nunca una posesión que defender con celo: quienes hacen esto, se equivocan, sino Aquel que siempre viene a su encuentro y que ésta sabe esperar con confianza y alegría, dando voz a la esperanza del mundo. La Iglesia que llama al Señor: «Ven Señor Jesús». La Iglesia madre que siempre tiene las puertas abiertas, y los brazos abiertos para acoger a todos. Es más, la Iglesia madre que sale de las propias puertas para buscar, con sonrisa de madre a todos los alejados y llevarles a la misericordia de Dios. ¡Este es el asombro de la Navidad!
En Navidad Dios se nos dona todo donando a su Hijo, el Único, que es toda su alegría. Y sólo con el corazón de María, la humilde y pobre hija de Sión, convertida en Madre del Hijo del Altísimo, es posible exultar y alegrarse por el gran don de Dios y por su imprevisible sorpresa. Que Ella nos ayude a percibir el asombro —estos tres asombros: el otro, la historia y la Iglesia— por el nacimiento de Jesús, el don de los dones, el regalo inmerecido que nos trae la salvación. El encuentro con Jesús nos hará también sentir a nosotros este gran asombro. Pero no podemos tener este asombro, no podemos encontrar a Jesús, si no lo encontramos en los demás, en la historia y en la Iglesia.