Natividad del Señor, Solemnidad

Natividad del Señor, Solemnidad

Ter., 21 Dez. 21 Lectio Divina - Ano C

El Cuarto Evangelio se abre con este extraordinario pasaje poético, que es un himno a la Palabra de Dios que se revela y obra en el mundo. Los primeros trece versos, que componen la primera parte del himno, nos presentan la Palabra desde su origen: estamos en el contexto de la relación entre las Personas Divinas. La Palabra de Dios, en un momento determinado, entra en contacto con el mundo, con la humanidad, es decir, con nosotros, encarnándose. Este evento se canta en un estallido de alegría en el versículo 14, en el que comienza la segunda parte del Prólogo (vv. 14 a 18). Sin embargo, este don de Dios, totalmente gratuito, muchos no lo ven o lo rechazan. Pero, también hay quienes se dan cuenta y lo aceptan.
Acogiendo la Palabra es posible convertirse en hijos de Dios: la "buena noticia" de la filiación divina se encuentra justo en el centro del himno (vv. 12-13).
El "Prólogo" del Evangelio de San Juan es una página muy particular del Evangelio: no es Jesús el que habla, ni se relata algún hecho de su vida, de modo semejante al resto de Evangelio. El Evangelista nos habla de los orígenes de Jesús y de su venida hacia nosotros.
Es un Himno, en el que con profunda admiración y alegría, se nos dice que éste recién nacido no es otro que el Hijo de Dios hecho hombre, el Verbo, la Palabra misma de Dios que ha existido desde siempre, y que es el mismo Dios. ¿Por qué este himno se refiere a Cristo diciendo que Él es el Verbo de Dios?
"En el principio estaba el Verbo..."  nos recuerda las palabras con las que empieza la Biblia, en el libro del Génesis: allí se nos enseña que Dios hizo todas las cosas por su Palabra: Dios dijo, y las cosas fueron hechas. Dios tiene una Palabra omnipotente. Una Palabra que expresa dinamismo, fuerza, que cumple inexorablemente lo que dice, una Palabra llena de vida... No es cualquier Palabra, sino un verbo, El Verbo... Por eso, para expresar la relación entre Dios Padre y Dios Hijo, se lo llama a Cristo "Verbo de Dios": las palabras, los verbos que salen del corazón de una persona expresan su intimidad, revelan su corazón... En este caso, EL VERBO del Padre manifiesta al Padre. Y en este Verbo omnipotente, en el Hijo Eterno del Padre, se encuentran la LUZ y la VIDA: la creación que Dios obra por su Verbo es un despliegue de luz y vida, que vencen a la oscuridad y la muerte.
Así, pues, todo el mundo ha surgido a la existencia por la fuerza del Verbo de Dios. Por eso toda la creación "nos habla" de Dios: porque nos remite a su Poder. Y por eso, contemplando todo lo que existe, podemos "escuchar a Dios", que silenciosa pero maravillosamente nos habla por sus criaturas: el cielo estrellado; el amanecer y el atardecer; la majestuosidad del mar inmenso; la belleza de un paisaje, nos habla de que hay "Alguien" detrás, sin ninguna duda.
Pero ante esta presencia, los hombres reaccionan de diversas maneras. Algunos, admirados de estas obras, las adoran como a dioses (Sol, Luna, estrellas)...  Otros andan tan tristes y abatidos que ni siquiera levantan la cabeza para verlas. Si contemplasen la grandeza de la creación sólo por un momento, descubrirían que Dios les está hablando: "El Verbo estaba en el mundo, pero el mundo no lo conoció"... Sin embargo Dios no renuncia a dialogar y compartir con nosotros, y nos habla de un modo aún más claro: (IIª lectura: Heb.): "En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por su Hijo".
Dios se eligió un pueblo: Israel. Le envió mensajeros de parte suya: patriarcas, profetas, Moisés. Les dio a conocer su Palabra: que al venir al mundo venía a su casa: "Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron": Israel no supo reconocer al Salvador... Pero Dios no renuncia. No se rinde. Nos hablará tan claramente que nos dejará sin argumentos Ya que no queremos escuchar su voz en la Creación, ni en los profetas, Dios enviará a Su Verbo, Su Palabra Personal y definitiva, para que nos hable de un modo aún más claro: el Verbo se hace hombre como todos nosotros. Se hace carne, concepto que en la Biblia indica toda la debilidad inherente a la condición humana, incluido el dolor y la muerte. Sin dejar de ser lo que era, comenzó a ser lo que no era. Jesucristo, nacido en Belén y recostado en un pesebre, es el Verbo todopoderoso de Dios, Verbo que creó el mundo, que existió desde siempre, que es Dios; Verbo que de tantas maneras ha querido hablar con los hombres, que se han negado el diálogo.
Después de esto, Dios Padre ya no hablará más: en el Verbo hecho carne nos ha dicho todo, nos ha contado todo, nos ha dado todo: "Ya no los llamo servidores... los llamo amigos... todo se los he dado a conocer" (Jn. 15,15).
Llegará el momento en que los hombres tomaremos a éste que hoy es un recién nacido por nosotros y por nuestra Salvación, y lo clavaremos en una Cruz. Allí comprendemos hasta donde llega el Amor de Dios: "Tanto amó Dios al mundo..." (Jn. 3, 16). Al hacerse hombre débil como nosotros, el Verbo no dejó de ser lo que era: el mismísimo Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Viene a buscarnos para elevarnos: el Hijo Dios se hizo hombre para que el hombre comience a ser hijo de Dios. Al hacerse Él de nuestra raza, todos comenzamos a ser familiares de Dios.
Así, pues, el Verbo de Dios nos habla nuevamente, clarísimamente, en nuestra lengua. Todos estamos invitados a acercarnos al pesebre, para ver al recién nacido.  Su presencia tiene que hacernos reflexionar. En este Niño, Dios nos está diciendo que nos ama... y hasta dónde. Nos está pidiendo que salgamos de nuestro egoísmo y nuestra indiferencia, que nos abramos a Él y a los demás hombres. Nos invita a todos a ser la familia de los hijos de Dios. Dios podría haberlo "tenido todo"... y prefirió venir sin nada: a todos los que viven metidos en "su mundo", "sus cosas" y no salen de allí, el Niño recién nacido los invita a levantar la mirada para descubrir a Dios y a sus hermanos. Al presentarse tan frágil entre nosotros Dios nos quiere "pegar un sacudón": Él está entre nosotros, somos sus familiares: aprendamos a descubrirlo. Descubramos su Salvación que es para todos, en este día en que "los confines de la tierra contemplan la victoria de nuestro Dios" (Isaías, Iª lectura).